Efecto patria

Se ve que no está muy claro: pocas cosas han sufrido más definiciones que la Patria.
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Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957)  -  (Foto: César Moreno)

Se ve que no está muy claro: pocas cosas han sufrido más definiciones que la Patria. Desde llamarle "la tierra donde se ha nacido" a "cualquier sitio donde se prospera", pasando por la infancia, la lengua y los valores, la lista no se acaba... definir algo de demasiadas formas es la forma más presuntuosa de demostrar que nadie sabe nada.

La Patria tan cantada, tan mentada, suele sonar lejana, vaga -salvo en determinadas circunstancias-. "En el campo de batalla", decía el general Patton, "la patria es lo que hace que un desgraciado te mate antes de que tú consigas matarlo a él". La Patria, tan útil para fogonear guerras, también tiene explosiones más inofensivas. Hace semanas, por ejemplo, fue el Mundial. 

Me gusta el futbol. Y detesto su efecto más eficaz. El futbol hace patria: crea, durante unos días, ese sentimiento de unidad nacional detrás de una meta - banal, menor, un triunfo deportivo sin influencia sobre las vidas de los que lo desean- que tan poco cambia y tanto tapa. 

La Patria, entonces, se vuelve redondilla. Lo dicho: me gusta el futbol, pero detesto ese momento en que un gol de mi equipo nacional me une -me reúne, me aúna, me unifica- en el júbilo con personas con las que no podría unirme nada. Detesto que queramos lo mismo, celebremos lo mismo, deploremos lo mismo; un terreno para crearnos coincidencias, para creer que podemos ser lo mismo: compatriotas. 

Me sabía compartiendo un grito de gol con algún militar torturador, me arruinaba los goles, lo olvidaba, los volvía a gritar, lo recordaba: lo llamé Efecto Patria.

"Pensar en términos de Patria es suponer que un hombre o una mujer que nació en el mismo territorio que yo está mucho más cerca de mí que otro que no". 

que el ladrón que roba es mejor si tiene tu mismo pasaporte, que la policía que te reprime, que el patrón que te explota, que el líder que te engaña son mejores si tienen tu mismo pasaporte. Pensar en términos de Patria es imaginar que tengo diferencias decisivas con alguien que habla como yo, piensa parecido, vive y goza y sufre semejante pero nació a 10 kilómetros de aquí, del otro lado del río, la frontera.

Siempre creí que sería bueno que no hubiera más patrias: la Patria arma un conjunto para excluir a todos los demás, para justificar esa exclusión. La Patria es una idea paranoica: Necesita una amenaza externa. Frente a los diferentes, nosotros los -supuestamente- iguales nos juntamos, nos defendemos, nos queremos. 

"Sólo el egoísmo tiene patria -escribió Alphonse de Lamartine-; la fraternidad no la tiene". 

Siempre quise que se acabaran las patrias: que las afinidades fueran electivas, no por fatalidad de suelo; que un hombre se pueda sentir más cerca de los que piensan como él, viven como él, esperan como él -y no de sus meros compatriotas-. Que el verdugo y la víctima, el ladrón y el robado, el rico y sus empobrecidos no tengan un espacio común donde -deberían- encontrarse.

Que la Patria no sea refugio para ningún calla.

Más raro era -Francia, digamos, 1750- que hubiera hombres que querían vivir sin rey. 

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