Mírame, pero no me dejes

Estoy convencido de que estamos constituidos en buena medida, por las miradas ajenas.
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Estoy convencido de que estamos constituidos en buena medida, por las miradas...  -  (Foto: Especial)

Estoy convencido de que estamos constituidos en buena medida, por las miradas ajenas. Piénsenlo tantito mientras le echan un ojo a este texto.

Que levante la mano aquel que se atreva a no hacerle caso a su novia cuando dice: "Amor, te ves taaaaaaan sexy cuando usas esa camisa". ¡Pocos! Cuando la usamos nos sentimos "el galán más galán" ¡Sólo porque ella lo dijo! Gracias a su mirada nos convertimos en verdaderos tigres sexuales y nuestra autoestima crece.

Las miradas de los demás construyen nuestra identidad, influyen en nuestras conductas, gustos y hasta en lo que creemos que somos. Las miradas ajenas nos transforman para bien y para mal. ¡Pum! Somos víctimas y beneficiarios del "qué dirán".

Desde pequeños nos educamos con las miradas de nuestros padres: "Un niño que dice groserías se ve mal.", "no hagas berrinche que te están viendo" y tantas otras frases que nos dijeron... debemos aceptar que fuimos buenos o malos hijos, según el buen ver de nuestros papás.

Otro ejemplo. En la oficina debes verte bien. Nos vestimos impecables para intentar "ser congruentes" con la imagen de "nosotros" que teneos en la cabecita. Y para que las miradas ajenas nos traten bien. ¿O no? El "yo" y el "súper yo" en plena orgía.

Que me dicen de la frase "como te ven, te tratan". Muchos optan por una imagen construida a partís de lo que el entorno nos exige ser, vestir, hablar, saber (sobre cine, coches, fútbol), usar, en fin. Y si tenemos éxito, entonces despertamos miradas que gritan: ¡Me encanta su estilo! ¡Es guapísimo! ¡Se ve que lee, debe ser escritor!

Las miradas ajenas crean nuestra propia identidad. En buena medida, uno es lo que los otros ven de uno. O lo que creemos que otros ven de uno (pero está discusión ya está más elevada). Hay quienes se clavan y viven sirviendo a las miradas de los demás, viven sirviendo a las miradas de los demás, para terminar apartados de una identidad original al convertirse en un modelo que se reproduce de acuerdo con las tendencias.

No lo veo mal, simplemente es una forma de vida que a muchos satisface. Lo que me parece fabuloso es que, entonces, las miradas dejar de ser ejercicios de apreciación pasivos: "miren esa obra de arte, pero no la toquen. Sólo aprécienla". ¡Ya no más! Las miradas se han vuelto maneras activas de construir. De construirnos, en este caso. Las ajenas nos crean, son productivas.

El maravilloso escritor italiano Alessandro Baricco, maravilloso autor de Mr. Gwyn, nos lleva más allá con la novela que tramó al mundo en 2011. La historia trata acerca de un escritor exitoso que renuncia a crear un libro más y que decide retirarse del negocio. Sin embargo, años después publicaría, bajo otra identidad, una serie de "retratos", sí, retratos como pinturas, ¡pero escritos! Y fueron un éxito, porque la mirada que este escritor tenía sobre sus modelos quedaba plasmada para siempre y fascinaba a los interesados que posaban para él.

Fascinante historia, ¿no? Pues creo que nosotros somos pinturas andantes, creadas por brochazos que son las miradas ajenas. O si tiene razón Proust al decir que el valor de los libros radica en las miradas que se posan sobre sus páginas, entonces somos páginas escritas o que están por escribirse, gracias a la pluma de las miradas ajenas.

¿Qué valor le das a las miradas de los demás? Pues es aquí donde la marrana tuerce el rabo, porque si una mirada ajena crea, es obvio que también puede destruir. Puede destruirnos. Uno con la opinión y la mirada de otro puede sentirse menospreciado, devaluado, deprimido. Habrá que distinguir y darles valor a las que lo tiene. Tal vez una mirada que nos quiere hacer daño descarga en nosotros un cúmulo de deseos incumplidos, frustraciones y complejos. ¿Vale la pena darle importancia a esos ojos? Creo que no.

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