DARÍN EL SALVAJE, EN ENTREVISTA

El argentino Ricardo Darín nos habla de Relatos Salvajes, la película argentina nominada a los Oscares
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Fotografías: Mariana Eliano  -  (Foto: Fotografías: Mariana Eliano)

“Si me creo que soy Darín, soy imbécil”, repite a modo de karma, y lo hace al principio, en medio y al final de una entrevista. Cuesta mantener el equilibrio entre el fluir de sus repuestas. No es tanto lo que habla, sino cómo lo dice. El matiz importa. Delante de este actor, nacido en Buenos Aires hace 57 años, hay que mantenerse firme y resistirse a la tentación de dejarse llevar.

Cuesta encajar una pregunta mientras el actor describe con puntualidad y energía la mecánica del mundo entero, todo él. Y sin parar un segundo. Su papel en la película de episodios (seis, para ser precisos) Relatos salvajes, de Damián Szifrón, hace de él un hombre cargado de razón y, por ello, perfectamente enojado. No es tanto enfado como hartazgo. Es el signo de los tiempos de crisis que vivimos. Tan es así que explota, en el más literal de los sentidos.  ‘Bombita’ se llama su personaje y queda claro por qué: Pocas cosas hacen tan bien ¡boom!, como una entrevista con Ricardo Darín. ¡Boom!

La película Relatos salvajes es Argentina, pero lo que pasa es muy universal... en el fondo, ¿todas las crisis son iguales?

A todos nos duelen cosas similares. No sé si nos reímos de lo mismo, pero sí nos quejamos de las mismas cosas. Las angustias nunca escapan a un factor común. Todos queremos ser felices. Y ése es el problema. Si nos fijamos, son muy pocos los que se dedican en la vida a lo que soñaron de niños. Y los que lo consiguen, pronto se dan cuenta de que lo que creyeron cuando era unos críos no tiene nada que ver con la realidad. Partimos ya de una insatisfacción de origen que es quizá lo que nos hace ser lo que somos. A todos.


La película es una comedia, pero, a tu modo, plantea alternativas (radicales, divertidas o grotescas) a lo que nos pasa en el día a día. ¿Puede el cine o el arte cambiar algo del mundo?

Yo estoy desencantado con el devenir de la humanidad. Pero como no soy optimista trato de ser positivo. Procuro no intoxicar demasiado a la gente que me rodea. El arte nos ofrece la posibilidad de trabajar sobre nosotros mismos desde muchos puntos de vistas. Digamos que el cine, en parte, es un laboratorio para ensayar soluciones. Toda manifestación artística que me abre una ventana de conocimiento o me sensibiliza en alguna dirección, para mí, es una gloria. Si eso se produce en cada uno, seamos pocos o muchos, significa que algo está cambiando en buena dirección. En eso, sí creo. Los bebés no nacen malos. El contexto nos hace malos. No sé si me explico.

¿Es Ricardo Darín entonces un gran pesimista?

Bueno. Todo admite una segunda lectura. La Historia se puede leer en un sentido o en otro. Lo que no tengo ninguna duda es que avanzamos. Hace 700 años estábamos peor. Entonces, muy pocos tenían todo y los demás comían las sobras sin posibilidad de protesta ni garantías judiciales. No digo con esto que vivimos en una sociedad perfecta. Al contrario, es mejorable. Es más, se tiene que mejorar cuanto antes si no queremos desaparecer como especie. Pero, a pesar de eso, estamos mejor que antes y, probablemente, nunca hemos estado mejor. Creer lo contrario es, cuanto menos, desmemoriado. Lo peor ahora mismo es lo que hacemos con respecto al hábitat y a nosotros mismos. Somos la única especie que se depreda a sí misma. Y seguimos contentos si nos alcanza el dinero. Además, ahora no tenemos tiempo para la reflexión, un grave error. Todo va demasiado rápido.


Es fácil ponerse del lado de tu personaje en la película: un hombre que pone una bomba porque no está de acuerdo con una o dos multas de estacionamiento...pura empatía.

Después de ver la película mil veces —cosas de los festivales y cosa que no siempre es recomendable— diré que colocaría mi trabajo por debajo de tres de mis compañeros en el filme: Leonardo Sbaraglia, Érica Rivas y Óscar Martínez. Especialmente de ellos. Y eso, dado que es una película de episodios, me da mucha tranquilidad. Si esto me ocurriera en una cinta en la que fuera el protagonista estaría en un serio problema. Películas así te ayudan a pensar en ti mismo, en tu carrera, en quién eres...

Sí, pero ¿hasta dónde se da la empatía con el ciudadano común?

Mi personaje mete los pies en el lodo, pero puede salir de él. De alguna manera, nadie quiere ponerse del lado de un perdedor. Él, mi personaje, gana, a su manera, la batalla que todos hemos querido ganar alguna vez. Es muy duro el día a día en el que, pese a tener razón en algo, tienes que ceder, porque la sociedad y el bien común exige estas pequeñas renuncias cotidianas. Por ello es fácil identificarse con él; el que patea el tablero, lógicamente, se lleva a la audiencia con él. Explotar es liberarse. Pero es ficción, cuidado.

¿Crees que un actor tan conocido como tú tiene una  responsabilidad mayor de cara a la sociedad?

Sí, sin duda. Los que estamos expuestos tenemos que tener cuidado con lo que hacemos y decimos porque del otro lado hay jóvenes que se están formando. Hay almas, cerebros y corazones que están creciendo y tenemos que estar atentos en ese sentido a lo que pasa. Los personajes públicos podemos y deberíamos, a veces, marcar tendencia. La sociedad en la que vivimos es así.

¿Cómo se relaciona Ricardo Darín hoy en día con su imagen, su carrera y con su ego?

Entiendo las reglas del juego. Tengo la edad suficiente para saber de qué va esto. Pero soy hijo de actores, de dos buenos actores, que no tuvieron ni la milésima parte de la suerte que yo he tenido; razón por la cual no me siento habilitado ni autorizado a considerarme una cosa especial. Soy consciente de lo que tengo. Sé que soy un privilegiado. Encima me abrazan por la calle. Pero, si me miro al espejo y me creo que soy Ricardo Darín, soy imbécil. Ricardo Darín es la suma de muchas fantasías que se han ido juntado con el correr del tiempo. Eso no soy yo, yo soy un tipo tranquilo, agradecido... Y nunca olvido lo que les pasó a mis viejos que siempre lucharon y nunca tuvieron una estabilidad económica. Yo divido mi suerte por dos, por tres o por cuatro si es necesario.

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