El niño Agassi

Te presentamos el capítulo de la biografía de André Agassi en el que narra sus primeros pasos en el tenis
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Agassi de niño (Cortesía)  -  (Foto: Agassi de niño (Cortesía))

Fragmento del libro Open Memorias de Andre Agassi(Duomo Ediciones, 2014) publicado con autorización de Editorial Océano.

Tengo diez años y participo en la competición nacional. Segunda ronda. Pierdo estrepitosamente con un niño mayor que yo, y que se supone que es el mejor del país. Aunque esos datos no hacen la derrota más llevadera. ¿Por qué duele tanto perder? ¿Cómo es que algo puede doler tanto? Abandono la pista deseando estar muerto. Avanzo tambaleante hacia el estacionamiento. Mientras mi padre mete las cosas en el coche y se despide de otros padres, yo me siento y lloro.

Un hombre asoma entonces la cabeza por la ventanilla. Un hombre negro. Sonriente.

Hola, me dice. Me llamo Rudy.

Se llama igual que el hombre que ayudó a mi padre a construir la pista de tenis en el jardín de casa. Curioso.

¿Cómo te llamas?

Andre.

Me estrecha la mano.

Encantado de conocerte, Andre.

Dice que trabaja con el gran campeón Pancho Segura, que entrena a niños de mi edad. Acude a esos grandes torneos como ojeador, y se dedica a buscar niños con talento para Pancho. Apoya los brazos en el marco de la ven- tanilla, se sujeta con fuerza en la puerta, suspira. Me dice que los días como ésos son duros, que lo sabe, que son muy duros, pero que al final esos días me harán más fuerte. Habla con voz cálida, espesa, como de cacao líquido. Es que ese niño que te ha ganado tiene dos años más que tú! Todavía te quedan dos años para alcanzar su nivel. Dos años son una eternidad, sobre todo si trabajas duro. ¿Tú trabajas duro?

Sí, señor.

Tienes un gran futuro por delante, hijo.
Pero es que yo ya no quiero jugar más. Odio el tenis.
¡Ja, ja! Sí, claro. En este momento, seguro que lo odias. Pero en el fondo, no odias el tenis.
Sí que lo odio.
Crees que lo odias.
No, lo odio.

Eso lo dices porque en este momento estás dolorido, te duele mucho haber perdido, pero eso es precisamente porque te importa el tenis. Eso significa que quieres ganar. Y eso puedes usarlo en tu beneficio. Recuerda este día. Intenta usarlo como motivación. Si no quieres volver a sentir este dolor, muy bien, haz todo lo que puedas por evitarlo. ¿Estás dispuesto a hacer todo lo que puedas?

Asiento con la cabeza.

Muy bien, muy bien. Tú llora. Que te duela un poco más. Pero después debes decirte a ti mismo que ya está, que es hora de ponerse a trabajar.

De acuerdo.

Me seco las lágrimas en la manga, y le doy las gracias a Rudy, y cuando se va ya me siento preparado para seguir practicando. Que me traigan el dragón. Estoy dispuesto a devolver pelotas durante horas. Si Rudy estu- viera de pie detrás de mí, susurrándome palabras de ánimo al oído, creo que podría ganar a ese dragón. En ese momento mi padre se sube al coche, y nos alejamos lentamente, como si condujéramos un furgón fúnebre du- rante un cortejo. La tensión en el interior del vehículo es tan densa que me acurruco en el asiento trasero y cierro los ojos. Se me pasa por la ca- beza saltar del coche en marcha, huir, ir al encuentro de Rudy y pedirle que me entrene. O que me adopte.

 

Odio todos los torneos de alevines, pero el que más odio de todos es el nacional, porque el nivel es más alto y se juega en otros estados, lo que implica que hay que viajar en avión, dormir en moteles, alquilar co- ches, comer en restaurantes. Mi padre se gasta el dinero, invierte en mí, y cuando yo pierdo, pierde parte de su inversión. Cuando yo pierdo, per- judico a todo el clan Agassi.

Tengo once años, y disputo la competición nacional en Texas, sobre tierra batida. Estoy entre los mejores en tierra batida de todo el país, así que de ninguna manera pienso perder. Pero pierdo. En semifinales. Ni siquiera llego a la final. Ahora debo jugar un partido de consolación. Cuando pier- des en semifinales, te hacen jugar otro partido para determinar el tercer y el cuarto puestos. Y lo peor del caso es que en ese partido de consolación voy a tener de rival a mi archienemigo, David Kass. Va inmediatamente por detrás de mí en el ranking, pero, por algún motivo, se transforma en un jugador distinto cuando soy yo el que está al otro lado de la red. Haga lo que haga, Kass siempre me gana, y hoy las cosas no van a cambiar. Pierdo en tres sets. Una vez más, me siento fatal. He decepcionado a mi padre. Le he costado dinero a mi familia. Pero no lloro. Quiero que Rudy se sienta orgulloso de mí, de modo que consigo tragarme las lágrimas.

Durante la ceremonia posterior, un hombre se encarga de entregar los tres trofeos preceptivos, y acto seguido anuncia que ese año se hará entrega de un trofeo a la deportividad, que recibirá el joven que haya demostrado más elegancia en la pista. E, increíblemente, pronuncia mi nombre, tal vez porque llevo una hora mordiéndome el labio inferior. Me alarga el trofeo, me señala para que me acerque a recogerlo. Un premio a la deportividad es lo que menos me apetece del mundo, pero lo recojo, le doy las gracias, y algo cambia en mi interior. Sí, en efecto, es un trofeo super- bonito. Y sí, en efecto, he demostrado una gran deportividad. Salgo del re- cinto en dirección al coche, apretando mucho el trofeo contra el pecho. Mi padre va un paso por detrás. Él no dice nada. Yo no digo nada. Me concentro en el resonar de nuestros pasos sobre el cemento. Finalmente, rompo el silencio y le digo: no quiero esta tontería. Lo digo porque creo que es lo que mi padre quiere oír. Mi padre se acerca a mí. Me arranca el trofeo de las manos. Lo levanta por encima de la cabeza y lo estampa contra el suelo, partiéndolo en pedacitos. A continuación los recoge y los echa en un cubo de basura que hay cerca. Yo no digo nada. Sé que no debo decir nada.

Ojalá jugara al fútbol, y no al tenis. No me gustan los deportes, pero si tengo que jugar a algo para complacer a mi padre, preferiría jugar al fútbol, con gran diferencia. En el colegio jugamos tres veces por semana, y a mí me encanta correr por el campo y sentir el viento en el pelo, y pedir la pelota a gritos, y saber que el mundo no se acaba si no marco un gol. El destino de mi padre, de mi familia, del planeta Tierra, no reposa sobre mis hombros. Si mi equipo no gana, es culpa de todo el equipo, y nadie me gritará al oído. Llego a la conclusión de que los deportes de equipo son mejores.

A mi padre no le importa que juegue al fútbol, porque cree que me va bien para desarrollar el juego de pies en la pista. Pero hace poco me lesioné durante un partidillo de fútbol, y la contractura en la pierna me ha obligado a saltarme la práctica de tenis una tarde. A mi padre no le hace la menor gracia. Me mira la pierna, me mira a mí, como si me hubiera lesionado a propósito. Pero una lesión es una lesión. Ni siquiera él puede discutir con mi cuerpo. Sale de casa hecho una furia.

Momentos después, mi madre repasa mis horarios y se da cuenta de que tengo partido de fútbol esa tarde. ¿Qué hacemos? me pregunta.

El equipo cuenta conmigo, le digo yo.

Ella suspira. ¿Cómo te encuentras?

Creo que puedo jugar. Está bien. Ponte el equipo.

¿Crees que papá se enfadará?

Ya conoces a tu padre. No le hacen falta motivos para enfadarse.

Me lleva en coche hasta el campo de fútbol, y me deja allí. Tras un ratocorriendo por el campo, noto que tengo la pierna bien. No me duele. Es asombroso. Driblo a los defensas con gracia y agilidad, pido el balón, me río con mis compañeros. Trabajamos por un objetivo común. Estamos juntos en esto. Siento que es algo que está bien. Siento que yo soy así.

De pronto alzo la vista y veo a mi padre. Está en un extremo del estacionamiento, avanzando hacia el campo. Ahora habla con el entrenador. Ahora le grita al entrenador. El entrenador me hace señas. ¡Agassi! ¡Abandona el campo!

Salgo corriendo del campo. Métete en el coche, me ordena mi padre. Y quítate ese uniforme. Corro hasta el coche, y allí, en el asiento trasero, me encuentro mi ropa

de tenis. Me la pongo y regreso junto a mi padre. Le entrego el uniforme de fútbol. Él se mete en el campo y arroja el uniforme al pecho del entrenador. Mientras regresamos a casa, mi padre, sin mirarme, me dice: nunca más volverás a jugar al fútbol.

Yo le suplico una segunda oportunidad. Le explico que no me gusta estar solo en una pista de tenis tan grande. El tenis es un deporte solitario, le digo. No tienes donde esconderte cuando las cosas van mal. No hay banquillo, no hay banda, no hay esquina neutral. Sólo estás tú ahí en medio. Desnudo.

Él me grita con todas sus fuerzas: ¡tú eres jugador de tenis! ¡Tú vas a ser el número uno del mundo! ¡Tú vas a ganar mucho dinero! Ése es el plan, y no hay nada más que hablar.

Es inflexible, y está desesperado, porque ése también fue el plan para Rita, para Philly y para Tami, pero las cosas no salieron bien. Rita se rebeló. Tami dejó de mejorar. A Philly le faltaba el instinto asesino. Cuando mi padre habla de Philly, lo comenta siempre. Me lo dice a mí, se lo dice a mamá, se lo dice al propio Philly, en su cara. Philly se limita a encogerse de hombros, lo que parece demostrar que, en efecto, carece de instinto asesino.

De todos modos, mi padre le dice cosas peores a Philly.

Eres un perdedor nato, le dice.

Tienes razón, le responde él en tono lastimero. Soy un perdedor nato.

Nací para perder. ¡Lo eres! Sientes lástima por tu rival. ¡No te preocupa no ser el mejor!

Philly no se molesta en negarlo. Juega bien, tiene talento, pero, sencillamente, no es perfeccionista, y no es que la perfección sea la meta en nuestra casa, es que es la ley. Si no eres perfecto, eres un perdedor. Un perdedor nato.

Mi padre llegó a la conclusión de que Philly era un perdedor nato cuando mi hermano tenía más o menos mi edad y participaba en cam- peonatos nacionales. No es sólo que Philly perdiera. Es que no discutía cuando sus rivales le hacían trampas, lo que hacía que mi padre se pu- siera rojo y maldijera en siriaco desde las gradas.

Igual que mi madre, Philly aguanta y aguanta, y entonces, muy de tarde en tarde, un buen día explota. La última vez que ocurrió, mi padre estaba tensando el cordaje de una raqueta de tenis, mi madre estaba planchando y Philly estaba en el sofá, viendo la tele. Mi padre no paraba de meterse con él, pinchándolo sin cesar por su rendimiento durante un torneo reciente. De pronto, en un tono de voz que no le había oído usar nunca, Philly gritó: ¿sabes por qué no gano? ¡Por tu culpa! ¡Porque me llamas perdedor nato!

Philly empezó a jadear, iracundo. Mi madre se echó a llorar.

A partir de ahora –prosiguió Philly– seré sólo un robot. ¿Qué te parece? ¿Te gustará eso? ¡Seré un robot, no sentiré nada, saldré ahí fuera y haré todo lo que tú digas!

Mi padre dejó de tensar la raqueta y se mostró contento. Casi sereno. Por Dios, dijo, veo que al final lo entiendes.

A diferencia de Philly, yo sí discuto con mis rivales constantemente. A veces me gustaría poseer la indiferencia de mi hermano ante las injusticias. Si un contrincante me hace trampas, si se porta conmigo como Tarango, me pongo muy colorado. Con frecuencia sirvo mi venganza durante el punto siguiente. Cuando mi rival tramposo devuelve un golpe que va directamente al centro de la pista, yo digo que ha ido fuera, y lo miro fijamente como diciéndole: ahora estamos en paz.

Aunque no lo hago para complacer a mi padre, sé que le gusta. Me dice: tú tienes una mentalidad distinta a la de Philly. Tú tienes todo el talento, todo el brío, y la suerte. «Naciste con una herradura en el culo».

Eso me lo dice una vez al día. A veces lo expresa con convicción. A veces, con admiración, y a veces, con envidia. A mí me aterra que me lo diga. Me preocupa haberme quedado con la buena suerte de Philly, habérsela robado de algún modo, porque si yo nací con una herradura en el culo, mi hermano nació con una nube negra sobre la cabeza. Cuando tenía doce años, se fracturó la muñeca montando en bicicleta, se la partió por tres sitios, y ése fue el principio de una racha ininterrumpida de infortunio. Mi padre se enfureció tanto con él que lo obligó a seguir participando en torneos, a pesar de la muñeca rota, con lo que sólo consiguió empeorar el estado del hueso, hacer que el problema se convirtiera en algo crónico y arruinar su juego para siempre. Para no cargar la muñeca rota, Philly se vio obligado a potenciar el revés con una sola mano, lo que, según él, es un hábito pésimo que ya intentó vencer sin éxito una vez que se curó. Veo perder a Philly y pienso: unos malos hábitos sumados a una mala suerte... combinación mortal. También me fijo en él cuando regresa a casa después de una derrota severa. Se siente tan mal consigo mismo que se le nota en la cara, y mi padre hace que esa desesperación suya sea más profunda. Philly se sienta en un rincón, machacándose a sí mismo por la derrota, pero al menos se trata de una lucha justa, de uno contra uno. Pero entonces llega mi padre. Interviene al momento, y ayuda a Philly a destrozar a Philly. Hay insultos, bofetadas. Teniendo en cuenta lo que ha vivido, mi hermano debería ser un caso clínico. En el mejor de los casos debería al- bergar cierto resentimiento contra mí, debería meterse conmigo. En cambio, tras cada uno de esos asaltos verbales o físicos a manos de sí mismo y de mi padre, Philly se muestra un poco más cuidadoso conmigo, más protector, más amable. Quiere que yo no pase por lo que pasa él. Por ello, y aunque tal vez sea un perdedor nato, yo lo veo como el mayor de los triunfadores. Me siento afortunado de que sea mi hermano mayor. ¿Afortunado por tener un hermano con mala suerte? ¿Es eso posible? ¿Tiene sentido? Otra contradicción definitoria. 

Philly y yo pasamos juntos todo nuestro tiempo libre. Pasa a recogerme en moto por el colegio y regresamos a casa cruzando el desierto, charlando, riendo con tanta fuerza que nuestras carcajadas suenan más que el quejido del motor. Compartimos un dormitorio en la parte trasera de la casa, nuestro refugio del tenis, de papá. Philly es tan maniático con sus cosas como lo soy yo con las mías, así que pinta una línea blanca en el centro de la habitación para dividirla en dos, su lado y el mío, como los cuadran- tes de una pista. Yo duermo en el cuadrante derecho, y mi cama queda junto a la puerta. Por la noche, antes de apagar las luces, repetimos un ritual del que he llegado a depender: nos sentamos al borde de nuestras respectivas camas y susurramos hacia el otro lado de la línea. Philly, que es siete años mayor que yo, es el que más habla. Se sincera conmigo, me cuenta sus dudas y sus decepciones. De lo que significa para él no ganar nunca, que le llamen perdedor nato. Me habla de su necesidad de pedirle dinero prestado a papá para poder seguir jugando al tenis, para intentar profesionalizarse. Los dos estamos de acuerdo en que papá no es la per- sona más indicada a la que deberle nada.

Sin embargo, de todas las cosas que preocupan a Philly, el gran trauma de su vida es su pelo. Andre, me dice, me estoy quedando calvo. Lo dice en el mismo tono que emplearía para contarme que el médico le da cuatro semanas de vida.

Con todo, no va a perder el pelo sin presentar batalla. La calvicie es un rival contra el que Philly va a luchar dándolo todo. Cree que la razón por la que se está quedando calvo es que no le llega suficiente sangre al cuero cabelludo por lo que, cada noche, en algún momento de nuestras charlas nocturnas, apoya la cabeza en el colchón, levanta las piernas y las apoya en la pared. Yo rezo para que le funcione. Le suplico a Dios que mi her- mano, un perdedor nato, no pierda al menos una cosa: el pelo. Le miento y le digo que ya noto que su remedio da resultados. Quiero tanto a mi hermano que le diría cualquier cosa si creyera que así se sentiría mejor. Para ayudarlo, si hiciera falta yo mismo me pasaría la noche boca abajo. Después de que Philly me cuente sus problemas, yo a veces le cuento los míos. Me conmueve lo deprisa que calibra las situaciones. Atiende al último acto de maldad de mi padre que yo le cuento, evalúa mi grado de preocupación, y me responde con el movimiento de cabeza más adecuado en cada caso. Para los temores básicos, medio asentimiento. Para los grandes miedos, un asentimiento entero acompañado de su caracte- rístico ceño fruncido. Incluso boca abajo, mi hermano expresa más con un solo movimiento de cabeza que la mayoría de la gente con una carta de cinco páginas.

Una noche Philly me pide que le prometa una cosa.

Sí, claro, te lo prometo. Lo que sea.

No dejes que papá te dé pastillas.

¿Pastillas?

Andre, tienes que escuchar bien lo que te digo. Es muy importante.

Está bien, Philly. Te oigo. Te escucho.

La próxima vez que participes en el campeonato nacional, si papá te da pastillas, no te las tomes.

Ya me da Excedrin, Philly. Me hace tomar Excedrin antes de los partidos, porque contiene un montón de cafeína.

Sí, ya lo sé. Pero las pastillas de las que te hablo son distintas. Son muy pequeñas, redondas y blancas. No te las tomes. Pase lo que pase. ¿

Y si papá me obliga? No puedo desobedecerle.

Sí, claro. Está bien, déjame que piense.

Philly cierra los ojos. Veo que la sangre le va a la frente y se le pone morada.

Está bien, dice. Ya lo tengo. Si tienes que tomar esas pastillas, si te obliga a tomarlas, juega mal. Pierde estrepitosamente. Y entonces, cuando salgas de la pista, le dices que temblabas tanto que no podías concentrarte.

Está bien, pero ¿qué son esas pastillas?

Speed.

¿Y eso qué es?

Una droga. Te da mucha energía. Sé que va a intentar administrarte speed.

¿Cómo lo sabes?

Porque lo hizo conmigo.

Y, en efecto, cuando llega el campeonato nacional, que se celebra en Chicago, mi padre me administra una pastilla. Abre la mano, me dice. Esto te ayudará. Tómatela.

Me coloca la pastilla en la palma de la mano. Es diminuta. Blanca. Redonda.

Me la trago y me siento bien. No muy distinto. Ligeramente más alerta. Pero finjo sentirme muy distinto. Mi rival, un chico mayor que yo, no me plantea la menor dificultad, y sin embargo me dejo ganar, pierdo puntos, le regalo varios juegos. Hago que el partido parezca mucho más difícil de lo que en realidad es. Cuando salgo de la pista le digo a mi padre que no me encuentro bien, que creo que me voy a desmayar, y él se siente culpable.

Está bien, dice, pasándose las manos por la cara. Esto no está bien. No volveremos a intentarlo.

Llamo a Philly por teléfono después del partido y le cuento lo de la pastilla.

¡Joder!, dice. Ya lo sabía.

He hecho lo que me dijiste, y ha funcionado.

Mi hermano dice las cosas que yo supongo que un padre debería decir.

Está orgulloso de mí y, a la vez, está asustado por mí. Cuando regreso a casa del campeonato nacional, lo abrazo con fuerza y pasamos la primera noche encerrados en nuestra habitación, susurrándonos cosas a través de la línea blanca, disfrutando de nuestra excepcional victoria sobre papá.

Poco tiempo después juego contra un contrincante mayor que yo y le gano. Se trata de un partido de práctica, no gran cosa, y soy mucho mejor que él, pero aun así le doy ventaja, fallo puntos expresamente, hago que el partido parezca mucho más difícil de lo que es, como ya he hecho en Chicago. Al salir de la pista 7 de Cambridge –la misma en la que derroté al señor Brown–, me siento fatal, porque mi rival parece destrozado. Debería haberme dejado ganar del todo. Odio perder, sí, pero en esa ocasión odio ganar, porque el rival derrotado es Philly. ¿Tal vez esa sensación de devastación significa que yo tampoco poseo el instinto asesino? Confundido, triste, pienso que me gustaría ver de nuevo a aquel señor mayor, a Rudy, o al otro Rudy, el primero, para preguntarles qué significa todo eso.

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