Andrea Pirlo describe cómo es vivir y jugar en Nueva York

Entrevistamos a Andrea Pirlo que hoy busca reinventar la ciudad con el poder de un balón
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Getty Images  -  (Foto: Getty Images)

Pocas cosas son tan inútiles como juzgar la franqueza de un futbolista: Andrea Pirlo suena sincero y eso basta mientras platicamos en el Yankee Stadium. "No sé la historia de Joe DiMaggio, yo he venido a escribir la historia del New York City FC”, continúa Andrea, quien se mudó a la capital del mundo para pasar desapercibido. Nueva York le ofreció la mejor oferta para seguir su carrera a los 35 años, tras su última temporada con la Juventus de Turín. Aquí, la gente puede confundirlo con uno de esos artistas de 40 años que tienen que trabajar por las noches de bartenders para aferrarse a una ciudad en la que suman ocho mudanzas por la gentrificación. Se pierde entre esos hipsters que abandonaron el Lower East Side y tuvieron que cruzar el puente para vivir en Williamsburg, el barrio gentrificado a finales de los 90 en Brooklyn, y ahora son de la primera avanzada del aburguesamiento de Sunset Park, un barrio mexicano y chino.

"Siento mucha libertad aquí. Puedo ir a comprar mi periódico, salir a cenar... es algo que no podía hacer en Turín y lo valoro mucho", dice quien todavía, a nueve meses de mudarse a Nueva York, pide su ropa desde Italia. La verdad es que Pirlo presume el anonimato como un cero más en su cheque. Es del grupo de futbolistas franquicia que juegan en la MLS. Un club selecto en el que se cuentan Kaká, Frank Lampard, Steven Gerard y David Villa, quienes llegan a ganar 46 veces más que los jugadores peor pagados de la liga.

La llegada de Pirlo a la MLS se compara a la de David Beckham. "No puedo decir cuántas personas periféricamente relacionadas con el futbol me han escrito para decirme que ahora es una obligación ir a un partido del NYCFC", declaró el comisionado de la MLS, Don Gerber, a la revista del New York Times.  La playera del NYCFC con el nombre de Pirlo y el número 21 en el dorso, fue el año pasado, pese a que llegó a mitad de temporada, la cuarta más vendida de la liga haciendo rentable el salario de 2.3 millones de dólares anuales que le paga el equipo.

Pararse ante Andrea Pirlo es ponerse frente a un maestro del Renacimiento italiano, sólo le falta la gorguera, pero, por alguna extraña razón, la luz del sol de la tarde le dibuja el perfil perfecto, la barba abundante, facciones un poco arrugadas en forma decorativa y los ojos negros, complementan la imagen. Le digo que soy de los que creen que el futbol empieza por los pies. Es decir, que se necesita una técnica al menos aceptable para aspirar a jugar a primer nivel. Y continúa en la cabeza porque hay que saber por qué y para qué se hacen las cosas. Pero en general los jugadores no piensan, pasan la pelota unos a otros, pero no saben por qué.

"No lo creo", responde. "A mí me gusta buscar el espacio para que pueda obtener la pelota y luego empezar a construir una jugada", matiza. "Muchas veces pienso que una asistencia es más difícil que marcar un gol, con esa idea salto a la cancha. Es necesario encontrar el espacio adecuado y medir la fuerza con el fin de proporcionar al compañero la posición correcta con el fin de anotar, y no todos lo pueden hacer".

Pirlo tiene razón, con sus palabras se erige como una especie de futbolista en extinción que pone el énfasis en la estética más que en la parte atlética. "El entrenamiento físico en el futbol es sólo una masturbación para los preparadores físicos”. Pero no todos pueden pensar y jugar como Pirlo. Esto se nota claramente mientras lo vi jugando en el mismo estadio de los Yankees frente al Orlando en la tercera jornada de la temporada 2016 de la MLS. Se sabe que un juego de futbol es fracaso casi siempre. El 90 por ciento de un partido consiste en pruebas malogradas de aproximación a la única meta importante: el gol. Pero el partido en el que seguí a Pirlo durante los 90 minutos resultó puro fracaso de sus compañeros que barajaban siempre mal: cuando tenían que regatear, tiraban: cuando tenían que tirar, pasaban, cuando tenían que pasar regateaban. El resultado 1-0 en contra y la primera derrota en el torneo. Pese a todo Andrea fue el único que resaltaba y tenía un amplio campo de acción moviéndose en el círculo central entre el siete y seis. A lado del argentino, ex Boca Juniors, Federico Bravo, el italiano se mostraba para recibir y la pelota siempre salió mejorada de sus pies. Hagan juego, señores, les decía Pirlo. El único que lo entendía, si acaso, era David Villa, pero nunca pudo anotar. "Villa me recuerda a Luca Toni, él siempre sabía a donde le iba a tirar la pelota". 

La metamorfosis y el camino del Maestro

Pirlo no siempre fue el Pirlo de los pies-pincel. Nació en Lombardía, hijo de una familia de clase alta. Su padre es un empresario siderúrgico. A los 16 años, en 1995 ,se convirtió en el jugador más joven en debutar en el calcio con el Brescia, donde lo hacía como centrocampista ofensivo. Logró el ascenso a la Serie A y se ganó el fichaje al equipo de sus amores, el Inter de Milán, pero no pudo quedarse ahí. Regresó cedido de nuevo a Brescia donde tuvo la suerte de encontrarse con el gran fantasista de la generación anterior, Roberto Baggio. "Tuve la suerte de beber de la mano de Baggio", me dice. "Estuve con un mito y la realidad, al jugar con él, era como estar en un sueño. Traté de aprovecharlo al máximo, para estudiar cómo jugaba y aprender de él".

En 2001 fue que Pirlo comenzó a ser Pirlo el de los pies-pincel cuando pasó al Milán. En el estadio Giuseppe Meazza fue donde empezó a tirar esos pases como líneas de una pintura futurista italiana. A veces, trazos largos rectos, a veces, con chanfle, curvos, para darle movimiento, vida al juego. Antes de eso, Pirlo era un centrocampista ofensivo. Desde ahí comenzó a jugar un papel más profundo y creativo en el que sobresalió sobre todo. "Fue Carlo Ancelotti quien alimentó mi juego, me movió a la posición donde mis cualidades están más cómodas. No pienso ahora ser entrenador, pero si lo fuera, sería más como Ancelotti, lo considero un padre dentro del futbol”.

Ancelotti era el entrenador de Andrea en el momento más oscuro que recuerda de su carrera. Fue la noche del 25 de mayo en el Estadio Olímpico de Estambul cuando el Milán perdió de manera escandalosa la final de la Champions League de 2005 frente al heroico Liverpool de Rafael Benítez. "Fue el año más duro, no tenía ganas de jugar, aquello de Turquía fue como un suicidio colectivo". Tras vapulear con tres goles en el primer tiempo la portería del polaco Jersy Dudek, el Milán se aventó del puente del Bósforo con un grillete amarrado al pie en el segundo tiempo. Steven Gerrard, Vladimir Smicer y Xabi Alonso, anotaron para empatar el encuentro. En los penales, el cuadro Rossonero se hundió en el estrecho que divide Europa de Asia.

Después de ello, Pirlo utilizó la consola de Play Station ("sin duda, después de la rueda, el mejor invento del hombre"),  como una forma de entrenamiento a lado de su compañero Alessandro Nesta. "He jugado por lo menos cuatro veces más partidos de los que he jugado en la vida real". Andrea, obviamente, utilizaba a Pirlo en el videojuego y, en 2006, logró levantar la Copa del Mundo, así como lo hacía en la realidad virtual. De aquel torneo recuerda lo que define como el mejor pase que ha dado en su vida en Dortmund, frente a los anfitriones alemanes. Después de 119 minutos no había goles. Pero en un tiro de esquina, la pelota le cayó a Pirlo, que ya había visto a Fabio Grosso solo, "fue un pase en profundidad que le permitió disparar con la izquierda para marcar el gol". Pirlo incluso recuerda que buscó el perfil izquierdo de Grosso para que fuera fácil definir. 

italia en Nueva York

Los italianos forman parte de Nueva York desde siempre. Según los registros de la ciudad, el primer italiano llegó en 1635 y se llamaba Pietro Cesare Alberti. Originario de Venecia, compró un finca en Brooklyn, lo que ahora es Fort Green donde cultivó tabaco. La italianidad, sin embargo, fue anecdótica hasta que, a mediados del siglo XIX desembarcó la primera de las dos grandes migraciones italianas a la Gran Manzana. Los vaivenes revolucionarios y contrarrevolucionarios del Risorgimento enviaron al exilio a quienes apoyaban el movimiento de la unificación nacional italiana. 

Luego, entre 1880 y 1900, llegó la otra Italia. La napolitana. En una sola década, más de 300 mil jornaleros del sur irrumpieron una ciudad cuya población no rebasaba, en 1880, los 1.2 millones de habitantes. Trajeron consigo una alegría a prueba de desgracias, la pizza e instituciones como la mafia y el padrino, el pollero italiano, traficante de migrantes que les arreglaba el viaje y los esclavizó, una vez llegados.Todo es anecdótico ahora: el Little Italy de Nueva York ha sido devorado por China Town. Según el último censo, menos de 2,000 italoamericanos viven en el barrio que se encuentra al lado del SoHo. Hoy, para encontrar la Nueva York italiana hace falta tomar el metro e irse a Carroll Gardens, en Brooklyn, o a Belmont, en el Bronx, donde Martin Scorsese filmó Mean Streets, una oda a la Little Italy de su infancia. Pero también existe la opción de ir al Yankee Stadium un día de partido del New York City FC, cuando el 21 juega, para encontrarse con Italia dentro de Nueva York. Para encontrarse con el genio italiano que, aún lejos de casa, sigue pintando obras de arte en una cancha que hoy, ya no es de los Yankees. Que hoy, pide a gritos que la pelota sea tocada por el genio renacentista del futbol. 

Este texto pertenece a la edición impresa de mayo de 2016 de Life and Style.

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