Prohibido nacer mujer

En India, cada 20 minutos se registra una violación y cada hora, un feminicidio
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Fotografías de Hernán Zip y AFP  -  (Foto: Fotografías de Hernán Zip y AFP)

Cuenta el protagonista de la novela Tigre blanco que en la India del siglo XXI sólo hay dos destinos: “Comer o ser comido”. Y aunque el escritor Aravind Adiga se refiere a todos los habitantes de la India actual, ese destino, el de “ser comido”, es el que le espera a la inmensa mayoría de las mujeres que nacen en este país. Diferentes estudios que han cruzado datos sobre el acceso de la mujeres a la educación, a los servicios sanitarios, al mercado laboral, a los crímenes de violencia de género, discriminación, o sobre el número de agresiones sexuales que sufren, demuestran que India es uno de los peores países para nacer mujer... a la altura de Afganistán, Pakistán, Congo y Somalia. 

Es una de las economías más dinámicas del mundo y un miembro poderoso del selecto club del G-20, pero India, la mayor democracia del planeta, tan turística, tan mística, no es país para mujeres. Aquí, cada 20 minutos se produce una violación, y cada hora un marido asesina a su esposa porque la familia de la mujer no ha pagado la cuota, el impuesto nupcial. En India han creado una nueva categoría en esta lacra de violencia de género, a la que llaman “feticidio”: en los últimos 30 años, más de 12 millones de niñas no han nacido porque sus padres abortaron al conocer el sexo del feto. No querían traerlas a una sociedad en la que encuestas oficiales de la ONU indican que más de la mitad de los hombres reconocen haber acosado o abusado de alguna mujer. Es tal la magnitud del fenómeno que el gobierno ha decidido aplicar la pena de muerte para contener a violadores de mujeres que hasta ahora disfrutaban de total impunidad. 

“La situación actual en este país es muy desagradable. Las mujeres en India tienen cada vez menos seguridad, consideración y respeto. El papel tradicional de la mujer en la sociedad india ha sido desafiado porque cada vez hay más mujeres con educación universitaria que alcanza lugares con poder y decisión. Y la balanza de alguna manera se está desequilibrando”, dice Urmi Basu, directora del hogar de acogida New Light, en Calcuta, y una de esas personas extraordinarias, dedicadas a los demás, devotas de la ayuda, que a veces hacen que te reconcilies con este mundo. Trabaja en Kalighat, uno de los dos barrios rojos que hay en esa inmensa y despiadada urbe de 12 millones de habitantes, y se dedica a cuidar y educar a los hijos de las prostitutas de la zona. Muy cerca de aquí levantó su hospicio para moribundos la Madre Teresa, junto al templo más importante de la ciudad, el dedicado a la diosa Kali. El río Hooghly, que bebe directamente del sagrado Ganges, discurre parsimonioso por la ribera de este suburbio laberíntico de callejuelas malolientes. Coronas mortuorias se mecen corriente abajo, bajo la escrutadora mirada de las aves carroñeras. Pequeñas burbujas tóxicas emergen, fruto de la descomposición de los restos humanos vertidos un poco más arriba, en los desagües de los crematorios. En India, los ríos traen vida, pero también traen muerte y oscuridad. El barro grisáceo que mancha las botas de cualquiera que se acerque a sus aguas no es cieno, sino cientos/miles de cenizas humanas acumuladas.

En el barrio, todas estas mujeres intercambian continuamente sus roles como amas de casa, prostitutas, madres o vecinas. Si hay un cliente, trabajan, y cuando acaban siguen lavando ropa o haciendo la comida para su familia. Ésa es la normalidad en un arrabal convertido en lupanar. El hogar de Urmi está abierto a todo el mundo. Las cocineras, las limpiadoras y algunas de las monitoras son antiguas prostitutas del barrio. Urmi no juzga, no pregunta, no presupone. Tampoco impone, ni exige ni adoctrina. Da igual la religión o los motivos que llevaron a esas madres a la prostitución: el hogar está abierto para todos sus niños mientras ellas se ven con los clientes. 

“La mayor parte de estas mujeres han sido vendidas o forzadas, o se dedican a la prostitución porque no les queda otra opción. Muchas vienen de pequeñas aldeas, donde no tienen oportunidades, no hay educación o no pueden ser independientes porque no tienen dinero, así que son consideradas como escasamente productivas”, cuenta Urmi. 

Se calcula que hay en India unos tres millones de prostitutas. Casi la mitad son menores de edad y gran parte de estas últimas son niñas de apenas 12 años. Muchas de ellas son traficadas desde Nepal o Bangladesh por unos 800 euros. Una cifra que para esas niñas se convierte en una deuda desorbitada que tardan años en satisfacer para lograr ser libres. 

“Al principio no me di cuenta de que estaban traficando conmigo. Un mes después de estar encerrada en casa de una señora me di cuenta de que me habían vendido a esa madame. Fue cuando me empezó a decir que tenía que prostituirme. Yo protesté y me rebelé. No había venido a India para ser prostituta. Entonces, ella empezó a torturarme hasta que cedí...”, cuenta Sunita Tamang, quien sabe que es de Nepal y que era huérfana y pobre. No tiene muchos más recuerdos de entonces. Cree que nació en la capital, Katmandú, y cree que tiene unos 30 años. Pero Sunita se acuerda perfectamente del hombre que le dijo, con unos 12 años, que en India podría encontrar trabajo como empleada de hogar. Se acuerda de los tres días en autobús. De la casa donde la llevaron. Del sexto piso donde la encerraron y del mes que pasó allí sola. Aquello fue el principio de toda una vida de esclavitud sexual. “Me hacía cortes en la piel y me echaba pimienta en la herida. Me hacía lo mismo en las uñas y en las manos. Luego venía y me gritaba ‘Sí o no... ¡Sí o no...!’ Si decía ‘No’, volvía a pegarme golpes y puñetazos”, narra Sunita, con dolor.

Sus manos están marcadas por las cicatrices de esas heridas cauterizadas con pimienta. Tiene una mirada tan triste, tan fatídica, que conseguir arrancarle una sonrisa al intentar hablar en su idioma, o quizás, simplemente, por tratarla con delicadeza, es casi una pequeña satisfacción. Sunita tiene tuberculosis. No puede trabajar y ahora no tiene ingresos, así que acude a New Light a comer y malvive de la caridad de otras prostitutas. La veo barrer el suelo y pienso que es casi como una metáfora de su vida, siempre agachada, barriendo recuerdos, o sueños, o deseos que van directamente a la basura. 

“Los traficantes utilizan todo tipo de drogas para someterlas, cualquier tipo de sustancias. Empezando por el alcohol y el opio —me cuenta Urmi, mientras abraza a Sunita—. Al principio, sobre todo el opio y calmantes, porque estas chicas sufren tremendos dolores con los clientes, así que les atiborran de calmantes para que vuelvan al trabajo una noche sí y la otra también. Tengo aquí algunas mujeres que me han contado que  eran forzadas a tener de 25 a 30 clientes al día”.  La propia Sunita levanta la cabeza del regazo de su mentora y en voz baja nos dice que hubo domingos en los que llegó a estar con 50 o 60 clientes. Le pregunto por qué no lo deja, porque no sale de ese bucle perverso, oscuro, en el que la metieron desde cría, como esclava sexual.  Y me mira como diciendo, ¡qué fácil es para ti pedir eso! ¿Y cómo le hago?: “Toda mi vida la he pasado en la oscuridad y sigue viendo oscuridad delante de mí. No puedo abandonar este lugar, así que no tengo ninguna esperanza de ser feliz en lo que me quede de vida”.

Los slum, los barrios de chozas donde malvive más de la mitad de la población, son los lugares donde con más saña se perpetúan ancestrales tradiciones de dominación y sometimiento de la mujer. Es en estos asentamientos ilegales donde se produce la mayor parte de los crímenes contra ellas. Y al decir ellas, quiero decir, niñas, jóvenes, mujeres adultas o ancianas, porque en India, la mentalidad patriarcal, casi medieval, provoca que muchos padres aborten al conocer que el bebé que esperan es una niña, o que miles de crías sean abusadas o violadas en sus propios hogares. Que niñas de 10 años sean iniciadas en la prostitución, que con 12 años se les fuerce a casarse, y que sean maltratadas, atacadas con ácido o asesinadas. Una mentalidad que piensa que cuando se convierten en viudas, deben ser expulsadas de sus casas por ser consideradas material de desecho. Un conocido dicho bengalí dice que “tener una hija es como plantar semillas en el huerto del vecino”, porque las mujeres son vistas como una carga, un peso muerto que arrastra la familia y por el que hay que pagar para que se la lleven, para que la desposen.

Todo esto ocurre en la India de hoy y solamente los últimos y escandalosos casos de violaciones públicas en autobuses, algunas de las cuales han acabado en asesinato, han hecho aflorar un fenómeno que ya se ha convertido en un problema de Estado. Una encuesta de 2010 de la ONU hecha sólo a hombres decía que tres de cada cuatro creen que las mujeres provocan con su manera de vestir. Y dos de cada cinco, en la misma encuesta, son capaces de afirmar que las mujeres que andan solas por la noche merecen ser violadas. Más datos: la mitad de todos ellos confiesa que alguna vez, en autobuses o metros, ha tocado o acosado a una mujer... increíble. 

“No basta con, como hasta ahora, arrestar a los traficantes de mujeres o a los violadores y soltarlos enseguida haciendo la vista gorda. Estos sujetos tienen que saber que serán arrestados y recibirán una larga condena por trata de blancas o por violación”, insiste de manera vehemente Sarbari Bhattayachaya, inspectora jefa de la Unidad de Trata de Personas de la policía de Calcuta. Tiene 15 agentes a sus órdenes, un enorme caos en la oficina y muchísimo trabajo por hacer. Doce mil niñas son traficadas desde Nepal todos los años. Sarbari es una de esas mujeres que intentan, como Urmi, cambiar la mentalidad de este país. Durante todo 2014 se han producido numerosas manifestaciones de mujeres protestando por la pasividad con la que políticos y fuerzas de seguridad abordan escandalosos casos de violaciones como los de la joven de 23 años que falleció por las numerosas heridas que cinco depravados le causaron en un autobús público. Un caso que conmocionó a la opinión pública internacional y que sacó al gobierno indio de su perplejidad para imponer cambios que endurecieran el Código Penal. Un estudio de la Iniciativa Global para las Mujeres de la ONU asegura que 95% de las mujeres no se sienten seguras en lugares públicos o grandes aglomeraciones urbanas. El fenómeno del acoso a la mujer es tan escandaloso, que ni siquiera el gobierno es capaz de maquillarlo en sus cifras oficiales. El Ministerio del Interior indio confirmó que en 2012 se produjeron 25,000 violaciones. Insisto: 25,000 violaciones declaradas, además, claro, de las nunca denunciadas a la policía. Eso supone una media de tres mujeres violadas cada hora o si se prefiere, una violación cada 20 minutos.

“Hay mucha gente que no quieres hijas porque saben que eso acarrea muchos problemas sociales y económicos aquí en India. Y sobre todo por ese tema de tener que pagar una cuota para casar a la hija”, cuenta, con un bebé recién nacido en brazos, el doctor Kollol Samanta, de la Maternidad de Sewasadan. El doctor Samanta trae entre ocho y 10 niños al mundo cada día. Es consciente del pesar de muchas de sus pacientes al descubrir que su bebé es una niña. Lo ve en la tristeza en sus caras. Me cuenta que muchas de esas mujeres sienten rechazo por sus hijas, pero no por depresión postparto, ese diagnóstico en India suele sobrar. Sino porque aventuran un futuro lleno de vicisitudes y problemas para esa niña, y también para ellos, como padres, que tendrán que ahorrar desde ya para casarla y pagar su cuota. “Ojalá seas el padre de mil varones”, dice un refrán indio, porque así mil familias deberían pagar para desposarse con los hijos. 

“No estoy de acuerdo con la tradición de que la mujer pague una cuota. En nuestra familia no hemos pagado nada. Por eso, quiero que mi hija tenga una buena educación, para que haga lo que quiera en la vida y desde luego, no pague cuota”. Tumpa Premanik acaba de ser madre de una preciosa niña a la que llamará Ridhima. Reconforta encontrarse con mujeres como Tumpa, que representan la nueva India, la que huye de atávicas costumbres y mira hacia delante en igualdad de condiciones. 

Un reciente estudio sobre los feticidios de la prestigiosa revista científica The Lancet, basado en el cruce de censos y en los datos de hospitales, concluye que en los últimos 30 años, y sólo en India, ha habido 12 millones de abortos... de niñas. Es tan escandaloso que el gobierno indio ha prohibido por ley los ultrasonidos, pero numerosas clínicas clandestinas los siguen haciendo por unos 100 dólares. El censo de India 2011 dice que hay 940 mujeres por cada 1,000 hombres, es decir, faltan mujeres. Según las Naciones Unidas, una de cada cinco mujeres muere en el embarazo o en el parto. El año pasado fueron 56,000, casi 20% de todas las muertes mundiales por maternidad. ¿Cuál es la explicación de que esto ocurra en una potencia del G-20? Pues que el feticidio ha desequilibrado la balanza entre hombres y mujeres. Que la falta de jóvenes en muchas aldeas provoca más violaciones, una mayor trata de blancas, que incluso se compartan esposas entre hermanos, y sobre todo, que se busquen niñas para desposarse cuanto antes. La mitad de las mujeres indias se han casado, o las han casado, antes de los 18 años. Y eso provoca un efecto dominó: dejan de ir a la escuela, perpetúan la sumisión, y se quedan embarazadas siendo apenas niñas. ¿Resultado? Volvemos a repetir el dato: una de cada cinco mujeres en India muere durante la gestión del embarazo o en el parto.

Un vistazo a la prensa de cualquier día en India ofrece un panorama desolador. Ya sean periódicos populistas o serios, todos, todos los días, llevan en portada la noticia de una o varias violaciones. En grupo o por sujetos solitarios. India ha endurecido las penas contra los violadores, de acuerdo; ha empezado a tomar medidas contra los asesinos del ácido, bien; pero que haya modificado su código penal para considerar, por fin, delito de agresión sexual a lo que hasta ahora se llamaba simplemente “atentado contra la modestia”, indica que lo que hay que cambiar es la mentalidad, y no sólo la justicia. 

 

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