Robert De Niro: El empresario que sabe actuar

Entrevistamos a un auténtico hombre de negocios que, además, es un gran actor
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Fotos de Gunther Sahagún  -  (Foto: Fotos de Gunther Sahagún)

En 2001, tras el ataque a las torres gemelas, Nueva York quedó en pausa. Fue necesaria la intervención de hombres de mucho peso en la ciudad para visualizar el nuevo imperio. Entre ellos, apareció una mente brillante que logró revivir gran parte de Manhattan, con el cine como arma económica.

Vito Corleone, Noodles Aaronson, Travis Bickle, Jake LaMotta, Rupert Pupkin, Al Capone, Jack Tiberius Byrnes, Jimmy Conway...  Robert De Niro le ha dado vida a tantos nombres legendarios del cine que, al verlo cruzar por la puerta del Nobu, en Polanco, nadie sabe en realidad a quién está viendo o, quizá, cada quien ve a su personaje favorito. El actor visitó México para inaugurar la sucursal número 29 del mundo —y segunda en nuestro país— de la famosa cadena de restaurantes que fundó con su socio, el chef Nobuyuki Matsuhisa.

Este tipo es un hombre poderoso desde la mirada: el ojo derecho muestra los rasgos del boxeador con mayor umbral del dolor en la historia, mientras que el izquierdo deja escapar la locura de un taxista psicópata neoyorquino. No oculta en lo más mínimo que odia hablar ante una grabadora. De hecho, prefiere que los más de 300 millones de dólares que tiene en activo en todas sus empresas se encarguen de dejar en claro que si existiera el Oscar al empresario del año estaría cada año entre los nominados.

“No lo voy a negar, me siento muy afortunado por haber logrado el éxito que cualquier actor u hombre de negocios desea. Pero no considero una gran fortuna tener que hablar de tus logros, porque podría ocupar ese tiempo para trabajar en películas y en distintos negocios.Tuve la oportunidad de ampliar mis horizontes fuera de la industria del cine y, gracias a esa apuesta, ahora estoy en México como empresario”, responde ante la primera pregunta que le hago sobre su papel, lejos del cine, de todopoderoso hombre de negocios.

Con su peculiar mezcla de tics y muecas que cualquier cinéfilo domina —desde su primer actuación en Three Rooms in Manhattan hasta su último papel memorable en Meet the Fuckers—, De Niro se toma un respiro de varios segundos antes de ceder la palabra a Nobu Matsuhisa. No es la primera vez que visitan nuestro país para supervisar a detalle el negocio que tienen juntos.

“México es un país que brinda grandes oportunidades para invertir. Tiene grandes atractivos, de la arquitectura al turismo y a la cultura. Incluso tienen eventos internacionales muy importantes, como las pasarelas de moda que son un imán para los inversionistas extranjeros. Además de un gran comensal, aunque nunca se mete a la cocina, Robert es un gran empresario. Cuando estás con él te queda muy claro que sabe actuar muy bien en los negocios”, asegura Matsuhisa ante la mirada calificativa del actor. Mientras tanto, el rostro de De Niro sigue transformándose: ahora parece el de Noodles, aquel joven inmigrante italiano que ve crecer a Nueva York durante las cuatro intensas horas que dura el filme clásico de Sergio Leone, Once Upon a Time in America.

Poco importa si se trata de hoteles, bienes raíces o restaurantes. Lo que De Niro quiere hacer en la vida es invertir y tener poder. Y aunque resulta una tarea titánica lograr que se salga de su discurso, es claro que ha aprendido a construir su personaje de empresario gracias a la complicidad de distintos hombres, como el propio Nobu o Jane Rosenthal, otra de sus socios, con la que inició en 1989 la mayor joya de su imperio: Tribeca Productions.

“Busco crear compañías que puedan sostenerse por sí mismas, con autonomía, que me permitan seguir avanzando por otros caminos. Para lograr el éxito es muy importante ser cómplice de la persona con la que trabajas. En el caso de Nobu, Matsuhisa me enamoró por su pasión en el oficio, la cual se refleja en su comida. La calidad genera confianza”, asegura el actor. Tan buenas han sido sus alianzas que, hoy, De Niro atrae nuevamente los reflectores empresariales gracias a tres temas: primero, su incursión en Asia con los hoteles de lujo también llamados Nobu —inauguró recién el primero en Manila—; segundo, su estira y afloja con el gobierno estadounidense para lograr cierta condonación de impuestos a sus empresas; y, por último, el criticado macroproyecto de 300 millones de dólares que planea desarrollar en Antigua y Barbuda, el conglomerado de islas caribeñas, junto al millonario australiano James Packer.

 

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Como cualquiera de sus épicas historias de migración y poder, todos sus negocios tienen un punto de partida. Para el actor nacido en Greenwich Village, hace 71 años, está muy claro que es el barrio de Tribeca, en Nueva York. Y es que tras el atentado terrorista que sufrió la Gran Manzana el 11 de septiembre de 2001, Robert De Niro se convirtió en uno de los pocos hombres con la energía y la chequera para reactivar la ciudad a través de la industria que lo convirtió en leyenda. Tras la caída de las Torres Gemelas, Tribeca Productions aprovechó cada espacio abandonado del barrio para planificar el crecimiento y la gentrificación del mismo a través de un moderno festival de cine —Tribeca Festival—, un hotel Greenwich Hotel—, un restaurante —Tribeca Grill— y un café —Locanda Verde—. Su proyecto fue apoyado por el gobierno, al establecer una cuota especial de impuestos para su compañía, y, en pocos años, creció de manera descomunal. En cinco años, llegó a generar ingresos por 432 millones de dólares gracias al trabajo de gente de su total confianza, como su esposa Grace Hightower, la mente detrás de Coffees of Rwanda, un negocio que busca apoyar el crecimiento de esta nación africana, y su hijo Raphael, uno de los vendedores de bienes raíces más importantes de Nueva York. 

Tribeca se convirtió en punta de lanza de la reconstrucción de Nueva York, al tiempo que ayudó a posicionarse como hombre de negocios al director de películas como A Bronx Tale y The Good Shepherd, y ganador del Oscar en dos ocasiones por The Godfather: Part II y Raging Bull.

De Niro colocó así la primera gran piedra de su vida empresarial, que lo ha llevado a invertir en restaurantes, inmobiliarias y un sinfín de hoteles, como el polémico proyecto de Antigua y Barbuda llamado Paradise Found.

“Soy un hombre neoyorquino. He aprendido de comida y de cultura con tan sólo caminar por las calles que me han visto crecer, por eso tenía tanta energía puesta en reactivar el downtown. Los tiempos eran difíciles para todos, pero todos buscábamos superarlo y comenzamos a ver propiedades con las que me identificaba. El objetivo era reconstruirlas y reinterpretarlas”, confiesa De Niro. Está consciente de que esa reactivación también fue causante de críticas severas en relación a su peculiar pago de impuestos, que ahora le ha costado más de 6 millones de dólares —después de que le habían exentado 39 millones—,  aunque él busca evitar polémicas en su mundo de negocios. “Es un tema legal, no hay nada que decir. No tengo nada que darte”. Así de clara es su sentencia cuando las preguntas buscan indagar en los métodos que utiliza el empresario que revivió Nueva York.

De nuevo, su mirada se transforma. Parece que el taxista Travis está de regreso y a punto de preguntar, enojado: “Are you talkin’ to me?”.  Es mejor regresar al tema de su amor por la gastronomía, en especial por la comida japonesa. Hablemos pues de su incisiva mirada de emprendedor, que le ha puesto el ojo dos veces a México.

“Hemos abierto dos restaurantes en cinco años. Vimos en México grandes posibilidades de éxito y una gran apertura del comensal mexicano por conocer nuevas ofertas, así que el siguiente paso natural fue crecer”, dice De Niro, que, tras apenas 15 minutos de entrevista, luce harto de seguir hablando de lo que ya logró. Tampoco quiere hablar de lo que tiene en mente para los siguientes años.

Interrumpe Matsuhisa: “Es obvio que Robert está involucrado en cada proyecto de Nobu. No es alguien que ponga su nombre y ya. Está en cada paso de la planificación, al momento de tomar las decisiones y no permite que nadie lo saque de la jugada. El único lugar donde no se mete, como he mencionado, es en la cocina”. Se nota que el chef está en su papel de “socio bueno” tratando de justificar al “socio malo”. Es obvio que Robert De Niro prefiere hacer negocios y filmar películas que hablar sobre ellos. Quizá no se da cuenta de que su trabajo ha ayudado a definir la vida cultural de los últimos 30 años, gracias también a su asociación con otros genios, como el director Martin Scorsese, encargado de dirigirlo en cintas como Mean Streets, Taxi Driver y Godfellas, entre otras.

Para De Niro, la entrevista ha terminado. Se levanta, toma un pequeño taco de cangrejo, sonríe y avanza hacia el lugar donde su rostro será registrado una vez más. Se coloca en posición y vuelve a cambiar de mirada. El término camaleónico cruza por la mente, pero no: en realidad, él no es un camaleón que se transforme. Él es todos y cada uno de sus personajes: es taxista, es mafioso, es psicópata, es espía y es un exitoso empresario. Se despide y da las gracias.

La sensación es clara: Robert De Niro is talking to me. 

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