Clubes de cannabis: cómo aprovechar el vacío legal

Visitamos algunas de estas asociaciones españolas para entender su proyecto
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Fotos de Roberto Ranero  -  (Foto: Fotos de Roberto Ranero)

En España está prohibido cultivar marihuana. También comprarla y, por supuesto, venderla. Pero no el consumo propio. Es decir, no está castigado consumir algo que, supuestamente, no puede comprarse. 

"Solicitamos que la sustancia intervenida sea conservada en condiciones óptimas para su devolución a la asociación", se lee en uno de los párrafos del recurso judicial que adorna la desgastada pared verde, continuando con "mi personal se ofrece a trasladarse a las instalaciones donde dicha sustancia es custodiada y dar las explicaciones sobre el mejor medio de conservación de la misma".

Pedro Pérez tiene colgado este escrito de su abogado en un pizarrón de La Santa, a la vista de todos sus socios. La Santa es un club de fumadores de cannabis del centro de Madrid y Pedro, su presidente. Un antiguo bar de copas convertido hoy en un espacio de encuentro, donde sus 500 socios pueden acudir a platicar en la zona de sillones o en los taburetes altos del local. Conversar, eso sí, mientras se fuman tranquilamente —y con el permiso de la ley— un porro. Porque La Santa es una de las asociaciones de este tipo que han proliferado durante los últimos años, aprovechando el vacío legal en España.

Pedro exhibe orgulloso el escrito judicial. Él es, como dice, "un fumeta", un tipo que disfruta relajándose con "un porrito al final del día", como son la mayoría de los socios de su asociación (una minoría de ellos lo consumen terapéuticamente). Pero se ha propuesto llevar su afición más allá. Para él, estos clubes de cannabis, creados en un resquicio de la ley, en un limbo judicial, son parte del camino hacia una futura legalización de la marihuana en el país. El suyo abrió en 2012. Aquel mismo año fue detenido en cinco ocasiones. "Una de las veces la policía me dijo que yo parecía una buena persona, que me pensara lo que estaba haciendo. Y respondí que nunca había pensado que a los 45 años mi vida iba a ser tan interesante", cuenta Pedro, quien ha sido encerrado, amenazado con cumplir seis años de cárcel, juzgado y, finalmente, absuelto. Y aquí sigue, al frente de su asociación, y explicando su misión. De ahí el escrito de su abogado. Están pendientes de una nueva resolución judicial para que la policía les devuelva la marihuana que les incautó la última vez que entró en el club. Ya ha pasado dos veces antes. Y ambas recuperaron la mercancía. Ahora Pedro va más allá y, con ironía, se ofrece a enseñar a los agentes a conservar en perfecto estado esa marihuana, para que no pierda sus cualidades y pueda ser consumida. Es la misma actitud que tuvo en una de las ocasiones que le detuvieron. "¿Por qué no destruiste la droga antes de que entráramos?", le preguntó un agente: "Si lo hago no podré ver tu cara cuando la devuelvas", respondió.

Sin embargo, como explica, no la destruyó porque hacerlo habría significado ocultar algo que no tenía por qué hacer. "La prohibición es un negocio para pocos, la regulación lo es para muchos y ahora no es el momento del negocio, sino del compromiso", son algunas de las frases que más repite Pedro. La ley española ha permitido, en una de sus zonas de vacío, que se formen estos clubes. Y muchos de ellos lo aprovechan en esa larga lucha por la legalización de las consideradas como drogas blandas. En España sólo está prohibido cultivar, comprar y vender marihuana, pero no consumirla. Así que lo que han hecho estos clubes es utilizar esa ley para constituirse como asociaciones de fumadores de hachís.

Aquí no se compra ni se vende, sino que, en una hábil utilización del lenguaje, se "retira" y se "dispensa". Es decir, los socios adquieren conjuntamente la marihuana —la parte oculta del proceso, la ilegal, algunos de sus propias plantaciones secretas y otros recurriendo a los dealers— y en el club lo que hacen es retirar su parte del cultivo, para su uso personal, con el compromiso ante el resto de socios de que no van a vendérselo a nadie. El primer club apareció hace ya 20 años, en Tarragona, en la región de Cataluña. Fue el pionero, pero, y aquí la frase hecha nunca fue más cierta, se convirtió en una semilla que germinó una década después con más clubes en esa zona del noreste de España y al norte, en el País Vasco, y que ahora ha florecido por todo el país: hoy hay más de 500 asociaciones de este tipo en España.

"A mí me ha cambiado la vida. Antes tenía que buscar un dealer, o un amigo que tuviera marihuana, para que me pasara. Ahora puedo adquirirla en pequeñas cantidades y probar diferentes variedades. Y sé que es de la buena". Gema, que pide que no se publique su apellido, pertenece a otra asociación. Para ella, fumadora habitual desde hace años, la realidad ha cambiado. En su club puede disfrutar de una decena de tipos diferentes de marihuana. Y, además, hacerlo mientras conoce a otros socios y conectada al wifi.

"La marihuana es un poco como el vino. A cada uno le gusta de un tipo diferente", lo explica uno de los trabajadores de La Santa, mientras dispensa cannabis a un socio. Hoy tienen en stock Green Poison, potente, para quienes tienen problemas de sueño o quieren desconectar; White Widow, que te da, como dicen, "un buen zarpazo"; Kali Mist, "muy cerebral"; Caribe, sativa pura, la variedad, en contraposición a la índica, que no te afecta tanto físicamente, que no te deja colocado; o Silver Kong. También disponen, en el refrigerador, de bombones de chocolate con marihuana, como los que se lleva a casa uno de los socios, que tiene hijos y no puede fumarse un porro delante de ellos.

El club que preside Pedro varía en el número de socios, que oscila entre unos 100 hasta 2,000 que ya tienen los más grandes en Barcelona. O la edad a la que se permite entrar, normalmente, 21 años. O las reglas de cada uno, como permitir o no consumir alcohol o el límite de marihuana que se puede retirar. Pero todos, eso sí, llevan unas cuentas precisas del consumo de cada socio y de las cantidades que necesitan. En La Santa, en 2014, han sido 75 kilos, con un consumo mensual promedio de 11 gramos por persona. Los números son importantes, porque evitan problemas. Aquí, por ejemplo, se dieron cuenta de que con cada entrega de marihuana que hacían, con todo y la báscula de precisión con la que trabajan, siempre se perdía un porcentaje del producto. Haciendo tres pesajes al día vieron que, por medir las cantidades ligeramente al alza para los socios, desaparecían siete gramos al día. Más de dos kilos al año.

¿Club social o negocio ilegal? Alba es maestra. Jorge, técnico audiovisual. Y Rebeca, decoradora de interiores. Los tres fundaron en marzo el Club Zhara, en Majadahonda, una ciudad dormitorio del noroeste de Madrid. Ya tienen 150 socios, 12 de ellos terapéuticos, que además no pagan por las sustancias que reciben, cuyo coste asumen los socios lúdicos, como se denominan los que consumen por gusto. Pero aspiran a llegar hasta los 500 que se han puesto como límite. No es fácil que estas asociaciones permitan la visita de un periodista. En Charas, una de las más grandes de Madrid, donde superan los 1,500, ha resultado imposible lograrlo. Varios correos electrónicos durante semanas y una conversación por teléfono con uno de los miembros de su junta directiva que utiliza un nombre falso no son suficientes para convencerlos de que el objetivo es explicar su proyecto.

Hay clubes que han crecido tanto que se han convertido en grandes negocios. Otros, como el Club Cannabis, han tenido malas experiencias con los periodistas, como cuenta Alejandro, uno de sus gerentes. Permitieron a un periodista visitarlos, le contaron que eran una asociación pequeña, y pidieron al fotógrafo que no se viera su cara en las fotografías que hizo de su local de 50 metros cuadrados en Madrid. El resultado fue un artículo en el que aparecían retratados de frente y en el que se hablaba del club como un negocio ilegal en auge frente a la larga crisis económica española. Entonces decidieron que no volvería a entrar la prensa. Pero hoy, en Zhara, aunque no pueden ocultar cierta desconfianza, sus tres socios fundadores se muestran amables y abiertos. Su asociación está inscrita en la Federación Madrileña de Clubes de Cannabis, a la que también pertenecen La Santa y casi otra veintena de clubes. Matricularse es uno de sus objetivos, para así tener mayor capacidad de diálogo con el gobierno, tanto a nivel local como nacional. Ellos abogan por que el consumo esté regulado y legalizado, como pide un 52% de los españoles, según revelan las encuestas en España, que muestran también que uno de cada tres adultos de entre 15 y 64 años confiesa haber consumido marihuana o hachís.

En Zhara, la tranquilidad de esta mañana de junio se ve de pronto alterada por el timbre de la puerta. Cuando abrieron su sede, como cuenta Alba, siempre pensaban que era la policía. Ocho meses después están relajados. Ahora saben que si lo hace es porque llega uno de sus socios. En media hora se han juntado en su local, de muebles fabricados por ellos mismos, con proyector de cine, televisor y billar, media docena de ellos. Todos vienen a disfrutar su primer porro del día. "Retiran", como dicen, el producto que desean, sacan sus herramientas de trabajo —el papel, el molinillo para deshacer la marihuana, el tabaco y los filtros— y se ponen manos a la obra. En Zhara, el catálogo ofrece marihuanas, como Amnesia, Borneo o AK-47, hachís de diferentes tipos e, incluso, extracciones, la nueva moda. Se trata del extracto de la planta que se obtiene tras un proceso químico con disolventes y que da como resultado una sustancia con una pureza superior al 80% que se puede fumar en pipa de agua, tomar con gotas o incluso convertir en una crema. "Yo quiero que en el club haya actividad. Que no venga la gente por la marihuana y se vaya a casa, sino que se consuma en el local. Que se haga vida de club, que se participe y nos involucremos todos en el proyecto", cuenta Alba.

Su caso, el de Zhara, es como La Santa, un club de fumadores de cannabis, pero en el que quieren hacer esa labor de legalización. Asociaciones que, como dice Pedro Sánchez, "todo el mundo tiene que saber lo que hacen, pero no dónde están". Y para las que permitir la entrada de un periodista, a pesar de las reticencias iniciales, es otro paso más, otra forma de mostrar normalidad en un sector que todavía suscita sospechas. Cada gota cuenta. Como lo hace el recurso judicial en el que Pedro se ofrece a enseñar a la policía a conservar la marihuana decomisada. O las fotos ampliadas que exhiben en La Santa de las dos incautaciones que les devolvieron. Dos imágenes en las que aparece la droga expuesta copiando el estilo de las fotografías policiales cuando se encuentra un cargamento de drogas o armas, con la mercancía extendida y etiquetada sobre una mesa. 

Una devolución, en el caso de la segunda, de 200 gramos, que se celebró en el club como una gran victoria. Y, por supuesto, con barra libre de la marihuana recuperada para todos los fumetas del club.

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