Los colonos israelís entorpecen el camino a la paz

Jon Sistiaga se adentra en las comunidades judías que habitan territorio Palestino
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Jon Sistiaga / Getty Images  -  (Foto: Jon Sistiaga / Getty Images)

"Pum, pum, pum". El sonido que produce la vieja aldaba de la puerta del Santo Sepulcro en Jerusalén es implacable. Unos golpes que por más de mil años han advertido a los peregrinos que la tumba de Jesús va a cerrar sus puertas hasta el día siguiente. El hombre encargado de  abrir y cerrar el sepulcro sobre el monte Gólgota, es Omar Sukri, el musulmán. Desde hace siglos, su familia custodia las llaves del lugar más santo para los cristianos.

Porque ni ortodoxos, ni coptos, ni católicos etíopes, ni todas las diferentes ramas del cristianismo que tienen, en un reparto discutible, presencia dentro de la catedral, se ponían de acuerdo en cómo gestionar la tumba del profeta Jesús. Y para no repetir las peleas que mancillaban el lugar sagrado, decidieron ceder las llaves del sepulcro a una familia musulmana. Sukri sonríe cuando le pregunto cuál es su trabajo: "Abrir y cerrar la catedral de los cristianos", me dice mientras guarda las llaves en su bolsillo. La figura de Sukri es sólo un ejemplo de lo complejo que es todo en esta parte del mundo donde la religión y el nacionalismo identitario marcan el devenir de sus habitantes.

El conflicto palestino-israelí lleva casi 70 años ocupando portadas de periódicos de todo el mundo. Y nadie puede afirmar que haya una solución a la vuelta de la esquina. Además, en los últimos años hay un nuevo actor en este escenario de guerras milenarias: el colectivo de los colonos israelíes, todos aquellos que han decidido vivir al otro lado de la línea verde, la frontera aceptada internacionalmente y trazada tras la guerra de 1967.

Los colonos, más o menos medio millón de personas, son el principal problema para la creación de un futuro Estado palestino (si ésta es finalmente la solución), porque viven y resisten en lo que la comunidad internacional llama territorios ocupados. Por tanto, si ahora se crease un Estado palestino, Israel y Palestina deberían decidir qué hacen con ese medio millón de personas que, sobre el terreno, a través de una tupida red de más de 200 colonias, impiden la continuidad territorial del futuro nuevo Estado. A ellos no les gusta llamarse colonos, prefieren llamarse pobladores, pioneros o simplemente, ciudadanos israelíes. Muchos, los llamados ultrarreligiosos, se ven como la vanguardia que recibirá la llegada del Mesías a la tierra de Abraham. Otros, los considerados nacionalistas religiosos, se creen el dique de contención de Israel contra el extremismo islámico que devasta Siria o Irak. Éstos son los más fanáticos y opuestos a cualquier forma de negociación con los palestinos. Pero la mayoría, los colonos económicos, se van a vivir a las colonias porque las viviendas son más baratas.

Cada palabra y cada expresión que se elija tiene aquí una enorme potencia semántica. No es lo mismo hablar de muro de separación que hablar de defensa; decir colonos o pobladores o llamar asentamientos a lo que otros denominan colonias; hablar de territorios ocupados o de territorios anexionados. Para los colonos judíos, por ejemplo, lo que el resto del mundo llama Cisjordania es el territorio bíblico de Judea y Samaria. Para Israel, Jerusalén es la capital del Estado, pero ningún país lo reconoce, por eso todas las embajadas están en Tel Aviv. Viajar a ese mundo no es fácil. Los colonos son celosos con el extranjero. Tienen una mentalidad aislacionista. Están convencidos de que el antisemitismo gobierna la tierra, que ellos son la comunidad elegida y que ése es el lugar que Dios les prometió.

"Los colonos religiosos son un movimiento mesiánico extremadamente enérgico. Dispuestos a hacer grandes sacrificios personales. Están absolutamente dedicados a la causa", cuenta Gadi Taub, historiador en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Él se define como sionista en el sentido original del término, es decir, defiende el derecho de todos los pueblos a la autodeterminación en su propio Estado. Por tanto, está a favor de la creación de un Estado palestino y en contra de la ocupación. "Lo que los colonos hacen es una política de hechos consumados. Sobre todo, los religiosos. Algunas veces, con el apoyo del Gobierno y otras no", y es que para Gadi, los colonos han pervertido el sentido original del sionismo, convirtiéndolo en una conexión mística entre el pueblo judío y la tierra prometida, que debe ser defendida a sangre y fuego. ¿Qué quiere decir Gadi con esa política de hechos consumados? Pues que cuando un grupo de colonos decide subirse a una colina, en medio de zonas palestinas, y asentarse allí, inmediatamente el Ejército les proporciona seguridad, y mientras no haya una resolución judicial en contra, esa colonia sigue creciendo y se urbaniza, se crean escuelas y se construyen carreteras por las que sólo pueden conducir los colonos, y esa maraña de colonias interconectadas crean una nueva realidad sobre el terreno.

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"Pero es que no sé qué es eso de Palestina, porque esta tierra estuvo bajo control musulmán más de mil años. No hubo un Estado palestino, un reino palestino, poetas palestinos, profetas palestinos, moneda palestina. Nada", reflexiona Boaz Haetzni, portavoz de la colonia de Kiryat Arba. Boaz, como muchos, repite la teoría del "sucesor ausente", es decir, que Jordania no poseía legalmente la soberanía de Cisjordania y, por tanto, Israel no tiene estatus de potencia ocupante. Así que no es aplicable la Convención de Ginebra que prohíbe cambios demográficos en territorio ocupado. Boaz me cita en una colina, dentro de los territorios ocupados, desde la que se puede ver el skyline de Tel Aviv, y, un poco más a lo lejos, Jerusalén. "Un Estado palestino significa, en este sitio y en toda este área, que estará controlado por árabes, y ya sabes que eso, siempre, acaba con cohetes sobre nuestras ciudades", insiste el hijo de un conocido líder colono de los años 90, quien señala la importancia de estas colinas para la seguridad de Israel. Y es que hay un nuevo argumento que se está haciendo fuerte: Israel es la primera línea de defensa ante el avance del integrismo islámico en el caos sirio e iraquí.

Hay asentamientos de todo tipo. Grandes, minúsculos, auténticas ciudades de 25,000 habitantes o campings de 20 personas. El Tribunal Supremo israelí ha ordenado desmontar unos cuantos por estar en tierra de propietarios palestinos. En el asentamiento de Ofra viven casi 4,000 colonos. Muchos de ellos trabajan en Jerusalén o en Tel Aviv y van y vienen todos los días. Aquí vive Verónica Narowlansky, argentina nacida en Córdoba y emigrada a principios de la década del 2000. "A mí no me gusta la palabra colonos porque un colono viene a colonizar... nosotros no imponemos, no queremos que todos sean judíos o hablen hebreo". Nos invita a su casa un domingo, justo después de la fiesta del Sabbath. Le encanta Ofra, un barrio cerrado en mitad de la naturaleza y donde puede vivir sobre la base religiosa de la Torah, del Viejo Testamento. Verónica se trasladó aquí porque, según ella, en Judea y Samaria sucedió 80% de lo contado en la Biblia y para ella, el Mesías está a punto de llegar: "Vimos la verdad revelada en las plagas de Egipto, cómo el mar se abrió. Vimos muchos milagros. Dios se reveló y se ocultó. Pero ahora otra vez se ven señales. El mundo está perdiendo ética. Cuando venga el Mesías, llegará la paz".

Ese argumento religioso está en la mente de gran parte de los colonos religiosos y nacionalistas. Aaron Lipkin, el portavoz de los colonos de Ofra, me sube hasta una pequeña montaña. La carretera, como todas las que interconectan las diferentes colonias, está prohibida para los palestinos. Esto crea sobre el mapa un caos de infraestructuras que complican hasta la humillación la vida diaria de los palestinos. No pueden ir a trabajar a sus campos de olivos, los pueblos quedan separados y aislados por muros y defensas, se rompe la continuidad de un territorio que no mide más de 200 kilómetros de largo... Pero para personas como Aaron, que en lo alto de la colina saca la Biblia y lee: "el Señor se apareció a Abraham y le dijo: Les daré, a ti y tus descendientes, toda la tierra que ves", mientras señala alrededor nuestro, la presencia incómoda de los palestinos, a los que se dirige como árabes, es sólo un pequeño accidente en la historia que no interrumpirá la misión de esperar al Mesías. "Por eso estoy aquí, porque Dios me prometió esta tierra, que volveríamos de un exilio, y porque ha cumplido su promesa. La Biblia me da derecho sobre esta tierra. Esta tierra pertenece a Dios, y el señor decidió darme esta tierra a mí. Y éste es mi sitio".

Son pocos pero activos los activistas israelíes que desde dentro de su sociedad luchan contra la ocupación. Hagit Ofram es una de ellas. Dirige la organización Peace now. Mantiene el nombre, a pesar de que se lo pusieron hace 25 años. "Los colonos son el gran obstáculo para la paz, así que iniciamos un programa de seguimiento de los asentamientos. Un asentamiento es un lugar que Israel establece en los territorios ocupados de Cisjordania y se construyen para prevenir la posibilidad de que se establezca un Estado palestino. No son legales y no es bueno para Israel porque no podremos conseguir paz mientras tengamos asentamientos. Nuestra misión es no dejarles en paz, que cada casa que se construya tenga detrás una demanda judicial".

La posición oficial de Peace Now es la de apostar por la solución de los dos Estados. Sus mapas demuestran que las colonias son el principal obstáculo para ese futuro. Hagit enumera los costos de la ocupación y asegura que es insostenible seguir controlando militarmente toda Cisjordania y negar los derechos civiles a los palestinos. Dice Hagit que el pueblo judío sabe lo que es ser una minoría. Que te ocupen, te persigan o te humillen. "Tenemos un gran problema. Nuestra marca como nación buena es cada vez menos popular. Y no es porque seamos judíos o israelíes, y no es porque el mundo crea que Israel no debe existir, sino por la ocupación y por los colonos", insiste.

Los colonos más violentos han empezado a organizarse en células secretas que atacan las aldeas palestinas. Se hacen llamar Tag Mechir, que en hebreo significa "Pagar el precio", y hacen pintadas en coches palestinos con la palabra "Venganza", queman iglesias y lanzan piedras contra viviendas árabes. El gobierno israelí no les considera terroristas, pero el fatal ataque con cocteles molotov a una casa en la que murieron abrasados un bebé de año y medio de edad y su padre palestino, ha cuestionado la política de permisividad y mirar hacia otro lado con los colonos. Ese crimen de odio ha tenido consecuencias fatales.

 

Colonos armados nos reciben en el outpost de Esh Kodesh, en lo alto de una colina. Dicen que están buscando jabalíes, que destrozan las cosechas, pero van armados con fusiles automáticos. Aron Joseph tiene 31 años y hace 10 que vino a vivir aquí desde su California natal. Tiene cinco hijos y ahora cultiva un viñedo de donde saca unas 3,000 botellas de Cabernet-Sauvignon. Le encanta la vida en esta zona, rodeado de naturaleza. Dice que sus niños están encantados, y que se siente seguro. Le pregunto por qué va armado con una pistola Glock, y me dice: "Por si acaso".

"Vivimos en esta zona porque creemos que pertenece a Israel. Es parte de Israel. Ya era parte de Israel hace 2,000 años cuando Dios le dio esta tierra a Abraham".

 

Apenas dos semanas después de conversar con él, un grupo de colonos de Esh Kodesh se lanzaron colina abajo para hostigar y enfrentarse a los campesinos palestinos de la aldea de Kusra. No era la primera vez. Aaron y sus colegas han recurrido a la violencia para ir ampliando sus dominios y expulsar a los palestinos de sus trigales. Organizaciones como Peace Now han pedido el desmantelamiento de Esh Kodesh por ser ilegal y por poner en peligro la seguridad de toda la zona.

El conflicto palestino-israelí es un relato de miopía e insensatez, de errores y estupideces. Un juego de espejos rotos en el que los discursos oficiales y los objetivos fijados se reflejan de manera borrosa. Como las pintadas del muro que rodea Belén, donde hay que ser un experto para distinguir entre los Banksy originales y los falsos. Aunque fue un diplomático israelí el que dijo que los árabes nunca desperdiciarían una oportunidad de perder una oportunidad, la frase se la pueden adjudicar también los sucesivos gabinetes israelíes. Creían estar usando a los colonos cuando son los colonos los que han manejado a los gobiernos. Los colonos saben que son parte del problema, no de la solución, pero su mesianismo, su determinación, les hace sentirse cómodos en el problema. Su tiempo es relativo. Después de 2,000 años de diáspora, qué significan 60 de conflicto. Nada...

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