¿Cómo se decide el ganador de un Premio Nobel?

Viajamos a las salas dónde se evalúan las mentes más brillantes del mundo
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Fotografías de Tanya Chávez  -  (Foto: Fotografías de Tanya Chávez)

Dicen que aquella decisión estuvo directamente relacionada con el obituario que había escrito un periódico francés, en 1888, con el título de El mercader de la muerte ha muerto, confundiendo el fallecimiento de su hermano Ludvig con el del propio Alfred. Sea cual fuera su razón, la realidad es que los premios Nobel se han convertido en los galardones intelectuales de mayor prestigio internacional.

Según el testamento del inventor, cuatro tenían que ser las instituciones encargadas de decidir, año tras año, los galardonados. La primera, la Real Academia de las Ciencias de Suecia, sería responsable de nombrar el Nobel de Física y el Nobel de Química; esta misma institución otorga el Nobel de Economía, un premio instituido en 1968 por el Banco de Suecia. La segunda, el Instituto Karolinska, se encargaría del Nobel de Fisiología o Medicina, y la tercera, la Academia Sueca, decidiría el Nobel de Literatura. Por último, Alfred Nobel decidió dejar a los noruegos —en aquella época formaban parte del mismo país— el Nobel de la Paz, otorgado por un comité de cinco personas designado por el Parlamento de Noruega.

Además, sus sucesores entendieron que, aparte de las instituciones encargadas de escoger a los laureados, era necesaria una institución ajena a la toma de decisiones que se ocupara de gestionar los premios de una forma más global, ocupándose de la parte administrativa y financiera y trabajando en favor de su longevidad. Aquella institución fue bautizada, en 1900, como la Fundación del Nobel y es nuestra primera parada en este viaje a través de las salas donde las mentes más brillantes del planeta son evaluadas año tras año.

“El principal objetivo de la fundación es asegurarse de que siga habiendo dinero tanto para los premiados, como para que los comités puedan trabajar de forma independiente”, nos cuenta Annika Pontikis, encargada de las Relaciones Públicas de la Fundación del Nobel, al tiempo que nos invita a tomar asiento en la sala de juntas de su sede en Estocolmo. “Hoy contamos con cuatro billones de coronas suecas, unos 500 millones de dólares, que no es una cantidad tan grande si la comparamos con otras fundaciones, por lo que debemos cuidar nuestros fondos”.

Para tener una idea de los gastos, cada premio Nobel está dotado con ocho millones de coronas suecas (casi 1 millón de dólares). Además, la Fundación también se hace cargo de pagar a los distintos comités (que no pueden estar financiados por capital privado por cuestiones de independencia), de encargar y entregar los diplomas y las medallas de oro (junto a tres réplicas de plata) a los laureados, y de organizar la Semana del Nobel, una serie de eventos que tienen lugar cada diciembre en Estocolmo y que culminan con un gran banquete presidido por el rey en el City Hall y con la ceremonia oficial de entrega de premios el día 10 —aniversario de la muerte de Alfred Nobel— en el Concert Hall, ambos actos sumamente formales conforme a la tradición de inicios del siglo XX.

“Nuestra idea es gastar tan sólo un 3% del dinero para dejar el fondo lo más intacto posible”, remarca Annika. Para poder lograrlo, la fundación se sirve del asesoramiento de los mejores expertos en finanzas y de una compañía de nombre Nobel Group Interests. “Se trata de una empresa que aglutina varios proyectos asociados con los Nobel que, al contrario que nosotros, pueden buscar financiamiento”. Pontikis se refiere a casos como el del Nobel Museum (situado en el centro turístico de Estocolmo) o Nobel Media (agencia encargada de amplificar la fama de los Nobel), dos ejemplos de su empeño por convertir los premios en algo que genere movimiento y recursos los 365 días del año.

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En la parte superior del mismo edificio que ocupa el Museo del Nobel (en la famosa plaza Stortorget), se encuentra la Svenska Akademien, institución encargada de otorgar el Premio Nobel de Literatura. Tras acceder a sus oficinas por una puerta escondida en el lateral de la construcción, nos recibe en su despacho Odd Zschiedrich, director administrativo. “En primer lugar —arranca a hablar—, hay que decir que la academia fue fundada en 1786 por el rey Gustavo III con el objetivo de generar un diccionario de la lengua sueca y promover concursos literarios. Al principio, la academia se ocupaba de cuatro premios. Hoy, de 70, siendo el más famoso el Nobel de Literatura”.

La Academia Sueca tiene 18 miembros, que no son empleados, sino una combinación de autores y académicos con otros trabajos. “El cargo es vitalicio, la academia tiene 18 sillas —todavía se usan las mismas que en el siglo XVIII— y la única forma de que entre un nuevo miembro es que una silla quede vacía”, explica Odd. “Cuando un miembro muere, el resto decide a su sucesor formulándose siempre la pregunta, ¿qué necesitamos? Nunca, ¿a quién queremos? De esta forma evitamos una academia formada por amigos de la misma edad, como la francesa. La nuestra va de los 52 a los 97 años y se centra en encontrar personas que se puedan dedicar, no autores famosos”, añade el director administrativo, introduciendo un concepto clave en todo el proceso: independencia.  

De los 18 miembros, cinco son elegidos para formar el comité del Nobel, responsable de liderar las investigaciones y de presentar los candidatos ante la academia completa, que es el que realmente toma la decisión. “Para apoyar a este comité, contratamos a expertos alrededor de todo el mundo encargados de buscar nuevos autores, y de no decirle a nadie que trabajan para nosotros, ya que así es más probable que, si dos coinciden en decir que un autor es bueno, lo sea. Además, tenemos una sala donde guardamos traducciones inéditas de obras escritas en lenguas que no conocemos (ni sueco, ni francés, ni inglés, ni alemán, ni español) hechas específicamente para la academia por traductores a los que también pagamos para que no digan nada”. Ahí está el segundo concepto clave: secretismo, patente en la sala de juntas de la academia, a la que no se puede entrar con celular, cuyas sesiones semanales (los jueves a las 5 pm) se realizan con las cortinas abajo y cuyos vidrios son antibalas para evitar que ningún micrófono pueda captar nada...  

“El proceso de selección del Nobel inicia en enero, cuando otras academias, asociaciones de autores, profesores de literatura de todo el mundo y anteriores premios Nobel nos escriben para sugerir un ganador. Todas las propuestas son revisadas por el comité, que confecciona una lista de 200 nombres presentada a la academia en febrero”, detalla Odd. Durante febrero, marzo y la primera quincena de abril, el comité trabaja para reducir la lista a sólo 20 nombres, que de nuevo se presentan ante la academia completa para su aprobación. “La academia no quiere que el comité lo decida todo, por lo que siempre hay nombres que salen y otros que entran de nuevo”.

A finales de mayo, los 20 nombres se han reducido a cinco y es entonces cuando empieza la fase de lectura. “Durante el verano, se pausan las juntas y todos lo miembros de la academia leen y releen a los autores que han entrado en la final. Hay que recordar que, para llevarte el premio, debes aparecer un mínimo de dos años consecutivos en esa lista corta, por lo que el primer año que llegas a la fase final no puedes ganar”, señala Odd.

A mediados de septiembre, la academia se reúne de nuevo y cada uno de los miembros del comité lee ante el resto un ensayo sobre cada uno de los finalistas. Con dichas lecturas inician las últimas discusiones, que culminan una semana antes del anuncio del galardón con una votación preliminar; el voto formal se lleva a cabo el mismo día del anuncio, a principios de octubre. “Para entonces ya tenemos a todos los candidatos localizados, ya que el Secretario Permanente debe comunicarle la decisión al laureado ese mismo día también”, termina su narración el director administrativo de la Academia Sueca.

Desde Estocolmo, nos trasladamos a Oslo para visitar el Instituto Noruego del Nobel, hogar del Comité Noruego del Nobel, las cinco personas encargadas de decidir el premio más polémico de todos por sus implicaciones políticas: el de la Paz. Allí, Olav Njølstad, director del Instituto, nos recibe para confirmarnos que el proceso de elección es casi idéntico para cada premio: profesores, miembros de parlamentos y gobiernos, anteriores premios Nobel de la Paz y algunas instituciones mandan sus propuestas. De una lista de 270 se baja a 20-30 y ahí empiezan las investigaciones hasta llegar al veredicto final.

En este proceso, independencia y secretismo vuelven a ser puntos clave: “Otros países son perfectamente capaces de otorgar este premio, pero creo que Noruega lo es en especial por ser un país pequeño, rico, democrático y sin un pasado colonial. Todo ello hace que seamos difíciles de influenciar y que nuestra relación con el tercer mundo sea diferente a la de países como Francia o Inglaterra”.

Aun así, muchos son los que, año tras año, tratan de alterar la decisión del comité. “Este año circuló en la red una carta oficial firmada por el presidente del Parlamento de Ucrania y dirigida a la embajada de Estados Unidos en Oslo, en la que les agradecía su ayuda para convencer al comité de que el presidente de Ucrania merecía ganar el Nobel de la Paz”, relata Olav. “Evidentemente, la carta era falsa. No voy a entrar en detalles sobre las razones que sospechamos llevaron a gente muy profesional a hacer algo así, pero sí decir que siempre intentan influenciar las decisiones del comité. Y lo más peligroso no es cuando intentan convencernos de que escojamos a alguien, sino cuando hacen todo lo posible por que alguien no gane”.

No sabemos si Alfred Nobel atisbó el peso que sus premios iban a tener. Lo que sí sabemos es que, si pretendía que su apellido dejara de asociarse con la invención de la dinamita, casi lo consiguió. Las instituciones detrás de los premios están llenas de detalles, espacios que albergan muestras de la tradición y el estricto procedimiento que da prestigio a cada decisión. 

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