Visitamos Christiania, la última comunidad anarquista

Fundada por los hippies daneses en 1971, éste es todo un reducto de la utopía
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Fotografías de Aydee Cuevas  -  (Foto: Fotografías de Aydee Cuevas)

La experiencia inicia con esta simple cita del filósofo italiano Errico Malatesta, que se puede leer casi en cada rincón de la comunidad de Christiania. Ya sea pintada en aerosol junto a su respectiva ‘A’ —obvio, de Anarquía— o en stickers aferradas a las puertas de las primeras cabañas que se asoman en el colectivo. Quizá tatuada en una tela a modo de bandera. O, bien, calcada en el reverso de cientos de playeras que se venden en la tienda local de souvenirs —incluso, en la de su propio equipo de futbol—. Está en todos lados.

Sin embargo, la frase no cobra sentido hasta que la recita Nils Vest, minutos después de abrirnos las puertas de su hogar. Para el fundador de la comunidad más utópica de Europa, está claro: “Así es la Anarquía. Estos son sus resultados. Aquí están sus reglas. No hay bombas. No hay caos. No hay gobierno. No hay desorden. Simplemente, tenemos autonomía”.

¿Es Christiania una comunidad anárquica? En el sentido que lo decía Malatesta, sí. Pero argumentar en contra de la definición de anarquía que se ha tejido en el mundo —una llena de encapuchados y gente violenta— resulta casi imposible, al menos hasta que se conoce un lugar funcional o no— como Christiania. No hay mejor ejemplo para hacer la pregunta obligada: ¿es posible construir otra sociedad?

La pelea que inició en 1971 por ocupar un terreno militar en el barrio de Christianshavn, con la inocente intención de crear una zona de juegos para los niños del suburbio, terminó por convertirse en una utopía vestida de parque de diversiones. Por aquí y por allá, nos dicen que estamos en medio del barrio donde el turismo viene a ver a los hippies daneses, con el correspondiente permiso para comportarse como uno. Christiania es un distrito donde cualquiera, incluso, una señora de la tercera edad que porta orgullosa una playera de la legendaria banda sueca Roxette, está dispuesta a formarse para ‘fumarse un porrito’.

Empecemos por ahí. El día que tomamos la decisión de apostar por este recorrido, de la mano de Vest, hubo una sola advertencia: “Cuando llegues a Christiania, camino a mi casa, toma todas las fotos que gustes, pero, cuando te acerques a la calle Pusher, guarda la cámara y no te detengas”. ¿Qué hay en Pusher Street que no quieren fotos?, pregunté. “Ahí están los vendedores de marihuana".

Hay un vacío legal del tema y aprovechan para fumar al aire libre. La gente viene sólo a comprarles y a fumar”, comenta Nils, cambiando por única vez durante nuestro encuentro su amable tono de voz. La advertencia, que tiene poco de miedo y mucho de preocupación, obedece al tumor que más dolores le ocasiona a la comunidad: la venta de drogas blandas. Esto no sólo provoca que la policía se mantenga cerca del lugar —y visitantes con los ojos rojos—, sino que termina por ser la gran atracción de una comunidad que alguna una vez soñó con vivir bajo sus propias reglas. Por el contrario, ahora ve cómo sus ilusiones terminan forradas en un pedazo de papel arroz.

“Nos han reducido a ser el Distrito Verde. A vivir a merced de un pasillo que no representa los casi 45 años que nos ha costado crear nuestras reglas, lograr que el estado las respete y progresar al obedecerlas. No tengo nada positivo que decir de lo que pasa en Pusher”. El eco de las palabras de Vest, también reconocido en Dinamarca por su trabajo como documentalista —su primer trabajo fue Sex Galore, en 1971, y el último, City Hall, en 2011—, es claro: “La marihuana está ahí y seguirá ahí para generar más de cinco millones de visitantes al año, dispuestos a dejar del lado la historia que creamos a cambio de un cigarro de ‘magia’. Ese el problema”.

Leer: Clubes de cannabis o cómo aprovechar el vacío legal

Cruzando la calle Pusher, aparece otro singular letrero que muestra la salida de Christiania: ‘Usted está a punto de entrar a la Unión Europea’. Pues, entonces, ¿dónde estábamos? “Estás en una comunidad autónoma. Un espacio que hace muchos años comenzamos a construir con la idea de tener una congregación. Nosotros construimos las casas, diseñamos las escuelas y planeamos los restaurantes y las tiendas... nosotros pusimos las reglas”, responde Nils, quien, junto con su esposa, la actriz danesa Britta Lillesøe, es además coordinador de la Asociación Cultural de Christiania, que ha conseguido, en varias ocasiones, que se presente Bob Dylan en el teatro de la comunidad, conocido como Den Grå Hal. El último gran show aquí fue el concierto de Jon Spencer, el pasado 15 de octubre.

¿Las reglas del pueblo dictadas por el propio pueblo? Suena a absoluta anarquía, pero ¿cómo permite el Estado de Dinamarca tal afrenta social? Recorramos un poco la historia. Durante décadas, hectárea por hectárea, piedra por piedra y regla por regla, los primeros colonos —cerca de 200, hoy convertidos en 850 christianitas, como se llaman a sí mismos— mantuvieron la firmeza ideológica para demostrarle al gobierno que no necesitaban de él, sin buenos resultados. Redadas, intervenciones militares, rumores negativos y la presión de la familia real danesa por desaparecer este lugar se hacían efectivas en cada visita de Estado a la comunidad.

“Cada década nos hemos enfrentado a ellos, en las cortes y en las calles. Primero, por los terrenos, los cuales terminamos comprando tras la organización entre los colonos, a través de un sistema de economía creado por nosotros. Luego, al intentar que se nos aceptara como colectivo y, finalmente, porque se nos entendiera como un ente con sus propios principios y fines... ¿Has escuchado The Clash cantando ‘I Fought the Law’? Bueno, nosotros le ganamos a la ley”.

Cuesta entender aquello del sistema económico autónomo. Para ser honestos, se trata del capitalismo más puro adaptado a las necesidades de una comunidad. Compran en coronas danesas, venden en coronas danesas y, para acabar rápido con las intrigas, sí, sí venden Coca-Cola en la tienda. Así que es mejor voltear a donde se hace la verdadera diferencia: en el sistema de producción. Con la idea de mantener a la comunidad feliz a través de sus oficios y sus vocaciones, los fundadores apostaron por hacerse cargo de sus propios modelos de empresa. Así, emplean en sus negocios sólo a sus propios residentes para después llevar los resultados de su trabajo a las calles de Dinamarca.

El mejor ejemplo de esto es, sin duda, Christiania Bikes. Fundada en 1984, es una marca que ha sido premiada, incluso, con el Danish Design Award 2010 —el premio más importante al diseño, en un país de diseñadores—. Se trata de la compañía que revolucionó el mercado de las bicicletas danesas en sólo tres décadas, pero ¿por qué el énfasis en destacarla? Fácil: si hay un lugar en el que las bicicletas son los protagonistas de la vida cotidiana ése es Copenhague.

 

Y es entre ese océano de ciclistas donde Christiania tiene su mejor representación: bicicletas que destacan por tener en su parte frontal una gran canasta para cientos de propósitos. Este detalle no sólo la dota de espacio, sino de la sensación de comunidad. “Christiania Bikes es uno de nuestros grandes orgullos como comunidad. También lo es el restaurante vegano Morgenstedet, pero el caso de las bicicletas es particular ya que se convirtió en un modelo de negocios muy exitoso no sólo en la comunidad sino a nivel mundial. El detalle en la manufactura de las bicicletas y su sentido de utilidad ha provocado muchas visitas empresariales para entender qué fue lo que pasó y cómo logramos el éxito”, comenta Nils, muy emocionado.

¿Escuchamos bien? ¿Acaso hay empresarios internacionales interesados en el modelo de negocios de una comunidad anarquista? Las preguntas se acumulan durante el recorrido, mientras Vest nos muestra su sistema educativo: una serie de escuelas en las que la docencia corre a cargo de los residentes especializados en pedagogía.

A nuestro paso, decenas de casas ‘extravagantes’ circulan por la retina: las hay cuadradas, triangulares, de madera y de cemento, con forma, sin forma, con puertas y con ventanas, y también sin ellas. A diferencia del resto de Dinamarca, no hay manera de encontrarle un orden al diseño y a la arquitectura de la comunidad. “Cada quien es responsable de su vida y de las expresiones de su individualidad. Recuerda esto antes de cada pregunta...”, suelta Nils, quizá algo cansado de descifrar entre cada cuestionamiento que le hago, la gran pregunta: ‘¿Son anarquistas?’

Para la masa de turistas que aparecen en escena todos los días —unos 15 mil, aproximadamente—, no habría señal alguna de que lo sean: no hay barricas ni botes quemándose, por ejemplo. Y, a excepción de los vendedores de marihuana, un sector en total desconexión con el resto de la comunidad, todo el mundo tiene su cara a la vista.

Para Nils, en forma, tampoco son anarquistas, aunque vivan bajo sus propios principios. “De por sí tenemos conflictos con el mundo al tratar de mostrarles que somos una comunidad autónoma, imagínate los problemas que implicaría decir: ‘Hola, somos una comuna anarquista’. Serían exponenciales”, asegura. En realidad, no se trata de una preocupación latente entre la comunidad. Ellos siguen produciendo, generando y, lo más importante, siendo autónomos.

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