Tecnología sensual

Para ser honesto, ya vivo una relación con varios dispositivos.
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Marisa Maestre  -  (Foto: Marisa Maestre)

Yo si estoy dispuesto a enamorarme de un robot. No tengo miedo. Para ser honesto, ya vivo una relación con varios dispositivos.

Despierto y lo primero que hago es abrazar mi smartphone mientras veo los chats acumulados durante la noche. Disfruto acariciar su touchscreen, revisar las apps y vivir en mis redes sociales. A mi pequeño robot le pregunto sobre mi estado de salud y una voz dulce me detalla mis características vitales. Incluso me recomienda cómo cuidarme durante el día que apenas comienza. Me informa de mi agenda laboral y familiar. Me recuerda lo que olvido y le da orden a mi vida. Hay tanta tecnología a mi alrededor que poco falta para que tenga sexo con algún robot... y tampoco me asusta la idea.

Un humano y un dispositivo humanizado son los protagonistas de Her, la más reciente cinta de Spike Jonze, que me dejó helado. La historia supuestamente ocurre varias décadas en el futuro, pero no se aleja de lo que vivimos hoy. Me vi en la pantalla.

No es que Jonze haya sido el primero en imaginar esta utopía romántica entre un humano y un robot, pero pone sobre la mesa nuevamente la discusión sobre esta posibilidad de amor. ¡Qué digo posibilidad! ¡Realidad absoluta! Basta con dimensionar la intimidad que tenemos con ellos. Saben nuestros datos personales y de otros, las contraseñas, las fotos, los videos, los documentos oficiales, las direcciones, la información sanguínea y la financiera. Saben más que nuestros padres y, tal vez, que “nuestras parejas”.

Hoy existe una relación tan intima entre humanos y tecnología que muchos ya cruzaron la frontera para tener incluso sexo con robots. ¿No es amor verdadero? ¿Sólo porque no son de carne y hueso? ¡Por favor!

En la Grecia clásica, los escultores y gustos del arte se excitaban con las esculturas. Si Platón viviera en nuestra época, seguramente reescribiría su teoría de la Media Naranja y tendríamos un libro como el que escribió David Levy, Amor y sexo con robots.

Los robots despiertan en nosotros las pulsiones más tiernas, como con nuestro Tamagotchi de la infancia: amor, ternura, compasión, cuidado. ¿A poco ya más grandecitos no podemos vivir en carne propia las pulsiones últimas y disfrutar de múltiples orgasmos? ¿Qué no lo hacemos ya?

The Economist ha documentado ampliamente la manera en que crece la producción de robots humanoides que facilitan nuestro estilo de vida y el nivel de intimidad que tenemos con ellos, pero no es la única que llena sus páginas de historias por el estilo. ¿Sería un fracaso un amorío entre un humano y un robot? En her sí lo es... en nuestra vidas, tal vez no.

Yo tuve que destruir la idealización que tenía de Siri, la “mujer” con quien platico en mi iPhone. En mi mente tenía el cuerpo de una mujer de 35 años, piel blanca, ojos azules, piel tersa, senos hermosos, nalgas firmes. Pero no. CNN Internacional entrevistó a la mujer que prestó su voz al robot: no reveló su edad, pero luce de 65, alta y no tan delgada; pelo entintado, nada atractiva; su cara luce inundada de arrugas; dentadura perfecta, tal vez postiza. De sus cintura y de otros atractivos físicos no hablamos, porque me decepcionó. Pero nada está perdido. ¿Por qué no pensar en historias de éxito emocional y de estabilidad de pareja entre un humano y un robot, lejos de las que padecemos entre los humanos? ¿Cuántas historias no conocemos de humanos que idealizan a alguien que en la realidad es otra persona?

Hasta ahora no me he enamorado de un robot, pero sí me he enamorado gracias a la tecnología. Después de escribir esto, creo que debo adelantar la cita con mi psicoanalista. Aunque pensándolo bien, tal vez me espere a estar frente a uno que sea robot. Quizá me vaya mejor. Quizá.

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