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Woodstock 1969: Los tres días que cambiaron el mundo

¿Por qué fue tan importante Woodstock? Sin saberlo marcó a toda una generación y cambió el mundo para siempre-

Un festival de música sin headliners, sin géneros, sin entradas VIP, sin taquilla: Woodstock fue la cúspide del movimiento hippie. Jimi Hendrix, Janis Joplin, The Who y Joe Cocker tocaron para quienes gustaran escucharlos. Medio millón de almas caminaron descalzas y se perdieron en un baile de tres días, en una granja lechera de Bethel Woods, al sur de Nueva York.

En 1968, la Guerra de Vietnam había cobrado el mayor número de bajas al ejército de Estados Unidos durante los 20 años que duró el conflicto bélico; los ideales de los movimientos sociales surgidos en Europa y América –como el “Mayo francés”, la “Primavera de Praga” y el movimiento estudiantil en México– se mantenían vivos.

Tras un año convulso, con el idealismo por bandera y bajo la influencia de la mescalina, en 1969 los jóvenes levantaron la voz para pedir al entonces presidente, Richard Nixon, un mundo sin tropas en Vietnam y más libertad, algo que el festival de Woodstock reflejó a través de la música.

Woodstock fue el epítome de la juventud y sus valores, de la contracultura. Desde el escenario se veían los psicodélicos colores hippies y los símbolos de amor y paz. Destacaban los abrazos, los besos, la fraternidad. “La gente de la generación teníamos ganas de cambiar el mundo con la música, la filosofía y las ideas, metiendo las manos para corregir un mundo tan roñoso y separado”, recuerda en entrevista Carlos Santana, el único mexicano que tocó hace 50 años en el escenario de ese pueblo cercano a Nueva York, entre el 15 y 17 de agosto.

“Nosotros teníamos el mismo espíritu de Bob Marley y John Lennon, nos aparecimos y tocamos con armonía y unión, no estábamos para tener banderas, ni fronteras, ni carteras; el corazón era lo único”, aclara el guitarrista, quien participará este año en el Festival de Música y Cultura de Bethel Woods que se realizará en la sede original de Woodstock 1969 para conmemorar el aniversario del evento.

Concebido como un lugar de retiro para bandas de rock, con un estudio de grabación, el festival creado por John Roberts, Joel Rosenman, Artie Kornfeld y Michael Lang, pronto escaló. En teoría, durante cuatro días, 60,000 asistentes disfrutarían de los conciertos tras adquirir boletos que rondaban entre los siete y 18 dólares. Sin embargo, más de 500,000 personas viajaron hasta Bethel Woods y ante la incapacidad de cobrar entrada a cada uno de ellos, los organizadores resolvieron que el concierto fuera gratuito. Esto afectó la logística del evento.

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Teníamos ganas de cambiar el mundo

El fango fue su pista de baile y las playeras, sus banderas. “¿Tienen suficiente agua? ¿Tienen un lugar dónde dormir y todo eso?”, preguntó Janis Joplin durante su turno en el entarimado, y sonó el rugir de un público que al unísono dijo “no”.

“Nadie tenía comida ni agua, no había acceso a sanitarios”, diría a la televisión estadounidense Bobbi Kelly Ercoline, asistente al festival, quien junto con su esposo Nick, quedó inmortalizada en la portada del vinilo conmemorativo del festival. “Me recuerdo sentada en una manta. Teníamos una caja de plátanos que íbamos pasando a otros asistentes. Lo mismo pasaba con el agua”, explicó.

Pero la falta de comodidades era lo de menos para esta generación. Aquí valía más el rock, esa música hecha por y para jóvenes que reflejaba la vida diaria, abordaba temas tabúes y lanzaba consignas. “La razón por la que aún hablamos de este festival es por la pureza y la inocencia de los hippies”, recuerda Santana a sus 71 años. “Todo se hizo esperando algo diferente a la guerra de Vietnam, algo fuera de la jaula. Nosotros creíamos en el despertar de los jóvenes”.

Contracultura e igualdad

Woodstock representó también el surgimiento de la contracultura, que se oponía a la ideología y las expresiones artísticas establecidas por una sociedad conservadora que apenas se recuperaba de la Segunda Guerra Mundial y temblaba ante la amenaza de la Guerra Fría. “La contracultura ofrecía una nueva forma de entender el mundo, de vivirlo y de expresarse en él, pero también de replantear conceptos tan inherentes al ser humano como el amor, la paz y la guerra”, explica Alfonso Nateras, doctor en Antropología Social por la Universidad Autónoma Metropolitana de México.

A 50 años de este evento, que escandalizó a las autoridades y residentes de Bethel, aún se habla de su legado, porque se le considera el más puro de los festivales de música. “No había complejos de superioridad. Era gente con hermandad”, evoca Santana.

El jalisciense fue la misma prueba de esto, pues él era un desconocido cuando subió al escenario. Eran las dos de la tarde cuando ese chico de 22 años, que no tenía ningún disco publicado y que apenas conocían en bares de San Francisco, lanzó riffs precisos y casi mágicos, como en la canción “Soul Sacrifice”.

Bandas consolidadas como The Grateful Dead, Sly and the Family Stone, The Who, y personajes como Jimi Hendrix, lo recibieron como uno más del equipo, conviviendo en backstage. Sobre el escenario, el mexicano se fundió con la gente. “No tuvimos ningún problema en conectar. Era sincero, puro y claro, queríamos celebrar el espíritu de cada individuo”, recuerda Santana.

Este momento quizá nunca se repita en su carrera, porque la que vivió fue una vibración muy especial de juventud, y porque como Woodstock no habrá otro.

El rock dejó de pertenecer a la clase media alta

En este sentido, el festival marcó un antes y un después, tanto por su relevancia musical como por el impacto social. “En la vida cotidiana, los cambios posteriores al festival fueron perceptibles”, considera Nateras. “El uso de prendas como la minifalda o el uso del pelo largo en los hombres fueron un reflejo de ello”, pero también, detalla, el uso de anticonceptivos, el disfrute de la sexualidad y el consumo de drogas para experimentar la realidad desde otra perspectiva. Pero lo más importante, considera, fue su función unificadora: “Woodstock representó el surgimiento de la juventud como un actor social definido, con voz y con capacidad de unirse”, señala el catedrático.

El eco de Woodstock

Un par de años más tarde, Woodstock resonó en México. Primero a través de un programa de radio, La onda de Woodstock, conducido por Luis de Llano, y después como un festival de rock. El 11 de septiembre de 1971, lo que se organizó originalmente como una carrera de autos en Avándaro, Estado de México –con algunas bandas de rock para entretener a los asistentes durante la competencia–, terminó como un festival de música al que asistieron más de 250,000 jóvenes cuando se esperaban apenas 10,000.

De inmediato, el festival de música fue bautizado como “el Woodstock mexicano”. “Al final llegó tanta gente que la carrera se tuvo que cancelar; me gusta decir que fue la reunión sin fines políticos más grande en el Estado de México”, señala Luis de Llano, productor del festival y realizador de éxitos televisivos.

La reunión fue en torno a la música, pero tuvo un efecto significativo en la sociedad y política mexicana. “Tras los hechos de Tlatelolco en 1968 y el Halconazo apenas unos meses antes, Avándaro reveló la moralidad autoritaria de la sociedad mexicana, pero también a un gobierno dispuesto a censurar; se cerraron revistas y se prohibió a ciertas bandas de rock presentarse en público o ser transmitidas en la radio, por ejemplo”, dice Nateras.

Esto solo reforzó el carácter contestatario e irreverente del rock, y obligó a los músicos a buscar nuevos espacios y formas de incidir en los jóvenes. De esta manera, la semilla que Woodstock plantó en Estados Unidos germinó del otro lado del Río Bravo con Avándaro.

Así, en apenas cuestión de días, el mundo cambió para siempre: la juventud se hizo presente, levantó su voz y se unificó al unísono. Nadie, ni ellos mismos, imaginaron que al amanecer del 18 de agosto de 1969, el mundo ya no sería el mismo gracias a Woodstock. Gracias al rock.

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