Colmillos de sangre

El tráfico ilegal de marfil en África tiene a los elefantes al borde de la extinción
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Fotografías de Hernán Zin  -  (Foto: Fotografías de Hernán Zin)

El Ranger Lekina Olembumbu mira a su alrededor y nos pide silencio. Estamos en las mismísimas faldas del Kilimanjaro. Su imponente cumbre cuadrada, tan ancha, escribió Hemingway en uno de sus relatos, como nuestro propio mundo, hipnotiza a cualquiera que la mire a primera hora de la mañana. Cuando el sol del amanecer hace brillar sus nieves perpetuas. Pero al sargento Olembumbu no le impresiona esa imagen mágica. La ha visto muchas veces. Este Ranger es un antiguo guerrero masái de la aldea de Kimana, a un par de kilómetros de donde estamos. Conoce el terreno como la palma de su endurecida mano.

De pequeño llevaba a pastar las ovejas familiares por estos páramos arcillosos y cazaba con lanza animales que ahora se dedica a proteger. “¡Shhh...!”, nos insiste llevándose la mano hasta su oreja desgarrada por los enormes pendientes que este pueblo orgulloso cuelga a todos sus niños desde muy pequeños. Es capaz de distinguir por un ruido, un leve aleteo, un murmullo entre los arbustos, o un rumor de viento si va a aparecer una grulla real, un ñu enfadado, un mandril ladrón, una cebra, un antílope, una gacela Thompson, un impaciente avestruz o un león sediento. Todos esos animales conviven en este ancestral ecosistema de supervivencia darwinista, que gente como Lekina y sus hombres intentan, sin que apenas se note su presencia, proteger de los furtivos.

Lekina descubre un rastro de sangre y las huellas de unas pezuñas que se arrastran heridas hacia el cauce de un río. “Es una jirafa —comenta—. Los furtivos le han herido en una de las patas con sus machetes, pero ha logrado huir. Sigamos”. Los hombres de Lekina han sido contratados entre los guerreros masáis de la zona. Algunos de ellos, incluso, son antiguos furtivos. Es decir, saben rastrear animales y hombres. “Los furtivos no se rinden. Son muy peligrosos. Pelean hasta el final con tal de encontrar una forma de huir”, cuenta Lekina, quien asegura que los somalíes son, entre los cazadores ilegales, los mas agresivos y los más indómitos.

Estos agentes forestales, pertenecientes a la Fundación Big Life, están en la primera línea de la contención del furtivismo. Son la vanguardia que defiende el patrimonio ecológico de todos nosotros. Muchos de ellos lo pagan con su vida. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito cifra en unos 100 los guardias forestales que son asesinados cada año en diferentes países. Un millar de Rangers muertos en la última década. Lekina y sus hombres seguirán el rastro de la jirafa hasta un pequeño río donde las huellas de sangre finalmente se diluyen. Creen que la herida es profunda y la encontrarán muerta en cuanto los círculos aéreos de los buitres y los aullidos de las hienas les marquen el lugar. El campamento de estos hombres, al abrigo de gigantescas acacias y parapetados tras enormes matorrales, no tiene ningún lujo. Aquí no hay cobertura. Sólo se comunican por radio. Se levantan antes del amanecer y si no tienen información local de que hay alguien extraño merodeando por la zona o de algún animal herido, empiezan sus patrullas a pie entre elefantes, búfalos o leones.

Cien elefantes mueren al día en África abatidos por cazadores furtivos, milicianos de guerrillas sin escrúpulos o miembros de organizaciones terroristas, como Al Shabab. Sus colmillos se cotizan a 360 dólares el kilo, y una nueva y emergente clase media, principalmente en China, demanda el caro marfil como símbolo de su nuevo estatus de riqueza. Las mafias internacionales, las misma que comercian y trafican con armas, drogas o personas están ahí, en África, para proporcionar ese marfil. Arrancando de cuajo los colmillos a esos pobres animales mientras todavía están vivos, porque así se cotiza más. Muchos de estos delincuentes medioambientales apenas reciben una multa cuando son arrestados.

Por eso, expertos de las Naciones Unidas, de organizaciones ecologistas o de la mismísima Interpol advierten que estamos ante una grave amenaza para la supervivencia de esta especie, y que nunca un fenómeno de ecoterrorismo había sido tan brutal. “Se están matando elefantes en África a un ritmo de 100 al día. Eso es más de 30,000 elefantes al año. Los elefantes están en riesgo de extinción, de hecho, ya han desaparecido de muchos países. Se están apagando”, explica, indignada, Paula Kahumbu, directora de Wild Life Direct, una de las organizaciones conservacionistas más activas. 

Paula, de mirada intensa y convincente, de hablar rápido y lacerante, es una excepción en un mundo de ONGs dominado por varones blancos occidentales. Ella es keniana, defiende el patrimonio de su país, es audaz y no tiene pelos en la lengua para denunciar las conexiones políticas de los mafiosos que pagan a los furtivos: “La corrupción es el problema principal. Ellos corrompieron el sistema. Ellos pusieron a su gente en puestos de responsabilidad. Así se aseguraron de que tenían esbirros en los puertos, en los controles de aduanas, en la agencia tributaria, en las autopistas, para poder hacer lo que quisieran y sacar el marfil cuando lo necesiten”.

Los elefantes son de los pocos animales que tienen conciencia de sí mismos. O que miran directamente a los ojos para entender al humano. Los elefantes desarrollan fuertes lazos familiares o muestran dolor y aflicción por la muerte de uno de los suyos. Son capaces de pasarse horas llorando ante el cadáver de un elefante de la manada y guardarle una especie de luto. Cien mil elefantes han sido muertos en los últimos tres años por cazadores furtivos para traficar con su marfil y enviarlo a Asia, donde es convertido en pendientes, brazaletes o tallas de dudoso gusto. Los elefantes africanos están celebrando un funeral cada 15 minutos. Ése es el ritmo que lleva a su desaparición. La mayor parte de los ecologistas tiene clara cuál es la única solución: prohibir el comercio del marfil. “Si el gobierno chino, por ejemplo, acaba el mercado de marfil debido a sus consecuencias, si decide, ok, vamos a cerrarlo, no hay más marfil, se acabó, el mercado colapsaría, el precio del marfil se hundiría, la gente que trafica con marfil no encontraría ningún beneficio en hacerlo, y si no hay ningún beneficio en comerciar con el marfil, entonces no hay ningún beneficio en matar elefantes”. 

Interpol colocó en su lista de los 10 delincuentes medioambientales más buscados a dos traficantes de marfil. Es difícil saber cuántos elefantes quedan en África. Todos los censos son aproximados. Sus migraciones, su inalienable derecho a traspasar fronteras en busca de pasto, su carácter a veces errático les hace difícil de controlar. Las estimaciones del plan MIKE, las siglas en inglés de “Monitorización de la matanza ilegal de elefantes”, un proyecto de la Convención sobre el Comercio de Especies Amenazadas, hablan de una población de medio millón de ejemplares. Un 62% menos que hace 10 años. Estamos ya en cifras de crecimiento vegetativo negativo, es decir, mueren más elefantes de los que nacen. Una situación claramente insostenible. El furtivismo está haciendo estragos, especialmente en los especímenes más grandes. Aquellos cuyos colmillos pueden llegar a pesar hasta 45 kilogramos. Los furtivos sacan 30,000 dólares con cada uno de ellos, precio que se triplica cuando el marfil llega a las tiendas de Hong Kong, Guanzú o Macao

“Los llamados coloquialmente Tu hao, los nuevos ricos en China consideran el marfil tan valioso como el oro. Para ellos es una inversión de futuro. Es también considerado un arte tradicional, con una antigüedad de miles de años, pero además muchos de estos nuevos ricos lo contemplan como una especie de símbolo de sus estatus. Si decoras tu oficina o tu salón con un colmillo tallado, das a entender tu poder económico. Así te respetarán”. Chris Kiarie es keniano pero habla perfecto mandarín. Trabaja para varias ONGs y, sobre todo, se dedica a monitorizar el comercio electrónico de marfil vía páginas web. Un comercio de millones de dólares. Realiza para nosotros una búsqueda en Baidu, el Google chino, tecleando Xiang Ya, “marfil” en mandarín.

Inmediatamente, se despliega una ventana que dice: “Comprar marfil es matar elefantes. Di No a su compra”. Pero en cuanto teclea abreviaturas como Xi o Xia, se despliegan numerosas páginas en las que se puede comprar directamente marfil, casi todas sin certificado de origen. Hay piezas de 3,000 dólares y otras tallas, hechas con el marfil traslúcido de varios elefantes a los que se les arranca los colmillos en vivo porque, de esa manera, su color y su irisación es mucho mayor, alcanzan el desorbitado precio de más de 300,000 dólares.

“Tenemos que reconocer que China es parte de la solución, no del problema. Los chinos son muy inteligentes, y muy ambiciosos, y se que están preocupados por la reputación de China, de que está destruyendo las reservas y los tesoros naturales de África”, reflexiona Richard Leakey, una eminencia en el mundo de la paleoantropología. Es hijo de Louis y Mary Leakey, la famosa pareja de arqueólogos que en los años 50 y 60 hizo numerosos descubrimientos de huesos de homínidos en el yacimiento tanzano de Olduvai, revolucionando la historia de la evolución humana. “Mis padres demostraron que Darwin tenía razón”, le gusta decir a su hijo Richard, aunque él acabó haciendo más y mejores descubrimientos en el lago Turkana, en Kenya. Es una de las personas que atesora más portadas de la prestigiosa revista Nature.

Su lucha por los elefantes es histórica. Cuando fue nombrado director del Departamento de Fauna Salvaje tomó una serie de medidas drásticas. Consideró el furtivismo como una crisis nacional fuera de control, un sabotaje económico contra la principal industria del país, el turismo. Organizó la quema pública de tres toneladas de marfil incautado a los furtivos y consiguió convencer al presidente keniano Arap Moi para que autorizara la polémica orden a sus Rangers de disparar sin preguntar contra cualquier persona armada dentro de los Parques Nacionales

 

Su enfoque agresivo le causó muchas críticas, pero detuvo el comercio de marfil a Japón, el principal cliente entonces. La quema de colmillos convenció a los japoneses de que no era bonito llevar un collar de marfil cortado en vivo a un elefante por un mafioso. “La mayoría de los furtivos que matan elefantes están compinchados con las autoridades que los deben detener”, se lamenta Leakey, que perdió las dos piernas en un accidente con su avioneta, que muchos creen que fue un sabotaje. De entonces datan sus libros más famosos, como Los orígenes de la humanidad o el comentado La sexta extinción, donde plantea que somos los humanos los que estamos eliminando especies con más rapidez que lo haría un meteorito. 

¿Es cierto que el tráfico de marfil financia a grupos terroristas como el somalí Al Shabab, o el ugandés Ejército de Resistencia del Señor o los Janjaweed sudaneses? Creo que es más bien una financiación accidental, afirma Leakey. No es insignificante, pero yo no diría que si acabamos con el terrorismo acabamos con el furtivismo, o que si paramos a los furtivos paramos el terrorismo... Un informe común de Interpol y el Departamento Medioambiental de Naciones Unidas calcula que los elefantes muertos en zonas controladas por esas organizaciones terroristas y milicias violentas oscilan entre 2,500 y 3,000 ejemplares al año. Eso significa unos beneficios de unos nueve millones de dólares.

En zonas en conflicto siempre surge una economía de guerra que mezcla a los grupos armados locales con las organizaciones criminales transnacionales que sacarán el producto ilegal, colmillos, diamantes, carbón, madera, coltán, hacia los mercados internacionales. Kenya, donde reside Leakey, lleva años sufriendo el terrorismo yihadista de Al Qaeda o Al Shabab. El asalto al centro comercial West Gate en Nairobi dejó 68 muertos. El reciente ataque contra universitarios en el Campus de Garissa mató a 148 estudiantes. El atentado contra la embajada de Estados Unidos en Nairobi dejó un saldo de más de 200 muertos. 

Su vida de auténtico Indiana Jones ha inspirado la próxima película que dirigirá Angelina Jolie. Su marido, Brad Pitt, hará de Leakey en este filme cuyo título será África. “El guión se centra, sobre todo, en la lucha por la conservación de los elefantes y por acabar con el tráfico ilegal de marfil. Una sola película de Hollywood con Angelina y Brad puede hacer más por los elefantes, puede llegar a más público en China que todas nuestras campañas de concienciación juntas...”, dice Leaky, sonriente.

Cualquiera que haya hecho un safari fotográfico en África habrá sentido la comunión casi telúrica que se establece entre el observador y los paquidermos. 

Contemplar a estas poderosas e imponentes criaturas tiene algo de místico. Todo el mundo les observa con un silencio casi reverencial y admirativo. Su milenario caminar impone respeto, pero es una estampa que podría desaparecer en menos de 15 años. La alerta roja está encendida. O se detiene su persecución furtiva o se extinguen.

Nuestro último día entre los elefantes, cuando ya dejábamos el Parque Nacional de Amboseli, un poderoso y anciano ejemplar se vino directamente hacia nuestro vehículo y nos bloqueó el paso durante 10 minutos. No se movió. Solamente nos miraba, quieto, en silencio. Sin amenazar. Recordé todo lo que me habían contado sobre su extrema inteligencia. Cómo son capaces de mostrar emociones como el humor, el enfado, el dolor o la compasión. Y tuve la sensación de que ese elefante nos estaba despidiendo. Que ese anciano nos decía adiós y quizás, gracias, porque saben que están siendo exterminados. 

Y que, esta vez, sí necesitan ayuda.

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