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¿Por qué se suicidó el escritor David Foster Wallace hace 10 años?

El 12 de septiembre de 2008 murió uno de los escritores determinantes para una generación y así lo recordamos
David Foster Wallace
David Foster Wallace murió el 12 de septiembre de 2008

La artista Karen Green regresó a su casa después de la inauguración de una de sus exposiciones en una galería de California. Al cruzar la puerta, encontró el cuerpo de su esposo pendiendo de una cuerda. El escritor David Foster Wallace, había decidido acabar con su vida aquella noche del 12 de septiembre.

En 1996, Wallace logró lo que pocos en la década, sorprender, encender a los lectores y revolucionar el panorama literario norteamericano y, por consecuencia, el del resto del mundo. Su novela La broma infinita, es eso: una broma de más de mil páginas construida con ingenio y osadía.

Un relato que cambia con audacia de voz narrativa, de género e idea. Un compilado de notas y apuntes girando entorno al tema de la adicción, en su acepción más clásica, pero también en una mucho más filosófica. Más que un libro , un laboratorio literario.

(Random House)
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A los críticos de la época se les escapaba de las categorías establecidas. Rompía los límites literarios convencionales, se escurría de las etiquetas posibles a su trabajo como narrador. Un genio de la década que se enredó una soga al cuello y dejó que la gravedad hiciera el resto.

Sylvia Plath, Hemingway, Virginia Woolf o Alejandra Pizarnik, ya sea llenando el abrigo de piedras, tomando la escopeta predilecta o ingiriendo centenares de pastillas, estos escritores tienen en común con Foster Wallace que se han quitado la vida. ¿Por qué un escritor se suicida? La inevitable pregunta.

En el caso de Foster Wallace, leer su obra con el conocimiento previo del desenlace en su biografía, es descubrir -inútilmente- los presagios de su suicidio. Tal vez, ni siquiera es necesario abrir los libros y clavarse en la lectura de algún relato, los títulos ya podrían ser reveladores.

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Un compilado de cuentos se título Extinción, en uno previa se encuentran los relatos La muerte no es el final o El suicidio como una especie de regalo. Leerlos hoy parece, justo como el nombre de su emblemática obra, una broma infinita.

Tal y como lo recuerda el crítico de cine A. O. Scott en un texto publicado en The New York Times, Wallace vertió sus estados de ánimo sobre sus páginas, desde la tristeza hasta la locura, que “cristalizaron una conciencia colectiva infeliz. Y sobresalió de manera más vívida en su voz.”

Se podrían enlistar las razones: su adicción a pasar largas horas frente al televisor, su preocupación por no lograr superarse a sí mismo o las críticas a su trabajo. Tal vez no sabemos los verdaderos motivos de su suicidio. Tal vez es parte de la leyenda y del cinismo de los lectores que consagra a un escritor después de la muerte.

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Lo cierto es que hoy, Foster Wallace aún tiene algo que decirnos a través de sus libros. Una vigencia reservada para los clásicos. De alguna forma -metafórica y metafísica- los lectores lo mantienen aún con vida. A pesar de su voluntad.

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