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Entrevista: La eternidad de Jorge Herralde

Su apellido es sinónimo de calidad literaria y coraje. El fundador de Anagrama ha publicado y editado, en cinco décadas, a los mejores escritores del mundo.
Jorge Herralde, editor y fundador de editorial Anagrama.
Jorge Herralde, editor y fundador de editorial Anagrama.

Dice Jorge Herralde que la buena literatura persiste a pesar de todas las dificultades. Y lo explica a su ritmo, tranquilo, como si él mismo no hubiera enfrentado la censura franquista en la España de los años 60, el desencanto político de los lectores progresistas que sostenían su editorial en los 70, y un incendio provocado a la distribuidora que almacenaba la mayoría de sus libros editados.

Lo enuncia fácil, como si hubiera sido ayer y no hace 50 años, cuando fundó Anagrama; como olvidando que pudo más su inteligencia que su cartera y que sin tener el dinero para ofrecer grandes adelantos para afianzar a los mejores autores, llevó a su editorial a Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas, Ian McEwan, a los nóbeles Kazuo Ishiguro y Kenzaburō Ōe, y a clásicos como Paul Auster, Truman Capote, P.G. Wodehouse, Vladimir Nabokov y John Kennedy Toole, quien recibió de forma póstuma el Premio Pulitzer.

Que los autores y no los editores son los eternos, dice en gesto humilde, casi desprendiéndose de su propia historia a favor de las plumas.

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Por el tono de su voz, parsimonioso, pareciera que el español no batalló al convocar al primer Premio Anagrama de Ensayo en 1972, cuando los galardones literarios eran inusuales en España y se necesitaba de representantes gubernamentales franquistas para galardonar a los autores contestatarios, y cuando, al mismo tiempo, él y su jurado declararon sin ganador la primera edición del premio tras “poner el listón muy alto”.

Dice Jorge Herralde, eso sí, que los editores son animales resistentes. “Mi perseverancia es innata, es decir, me dediqué a la edición porque me apasionaba; me apasionaba como ningún otro trabajo. Cuando llegué a la edición pensé que era la tierra prometida”, cuenta a Life and Style desde Barcelona.

Sí, la buena literatura persiste por sí sola, pero quien la colecciona y descubre es Herralde, director de la editorial hasta 2017, cuando cedió el puesto a Silvia Sesé.

Ha luchado por sus autores como quien emprende una cruzada”, señala Juan Villoro, ganador del Herralde de Novela en 2004 por El testigo. “Hablo de él en pasado porque ya no está totalmente al comando de la editorial, pero sobre todo porque su trayectoria ya pertenece a la leyenda. Eso sí, como tantos mitos, está más vivo que nunca”.

El catálogo de Anagrama es uno de los más prestigiosos que haya formado una editorial independiente. Es obra y legado. Lo constata el Premio Herralde de Novela —mucho más añejo que el Alfaguara— otorgado a Martín Caparrós, Sergio Pitol, Álvaro Pombo y Guadalupe Nettel.

“Anagrama y Jorge Herralde son referencias ineludibles para todas las editoriales de Hispanoamérica. Esta figura del editor que abarca todo, que logra las grandes contrataciones y los grandes descubrimientos, se concentra en una figura como él”, celebra Guillermo Quijas, editor de la independiente y oaxaqueña Almadía.

Anagrama es, sobre todo, el retrato de una gran familia literaria que empezó en 1967 con Jorge y su asistente, que dos años después publicó sus dos primeros libros —Detalles, de Hans Magnus Enzensberger, y Laclos. Teoría del libertino, de Roger Vailland— y que hoy tiene 17 colecciones distintas. “Jorge Herralde ha vivido para la edición a tal grado que ha convertido su catálogo en su autobiografía”, apunta Villoro.

Vivir para coleccionar

A Jorge Herralde le gusta escuchar a Bach, Mozart y Vivaldi, el futbol, leer los sábados y domingos en su sillón, después de hacerlo toda la semana en su oficina, y beber —aunque ya no como antes— tras acabar los manuscritos. Disfruta de su caótica mesa de trabajo en la que “no paran de aterrizar mensajes y montones de libros”. Confiesa que “si tuviera que limpiarla, al terminar ya habría acabado la jornada de trabajo”.

Su oficio no se queda en el subrayado y la publicación de manuscritos. En su día a día habla con sus escritores y manda adelantos y organiza ruedas de prensa y promociona sus libros.

Al llegar a México iba del aeropuerto al hotel”, recuerda Villoro, “se daba una ducha y de inmediato recorría las librerías para ver cómo estaban colocados sus libros; hablaba con los libreros, a los que conocía personalmente, y exigía tener la mejor mesa. Con los críticos y la prensa era igualmente participativo, les enviaba libros y discutía con ellos la forma en que los reseñaban”.

Jorge puede enumerar de memoria autor, título, país y año de publicación de cualquiera de sus fichajes. De hecho lo hará a la menor oportunidad, como en esta entrevista, antes que hablar de sí mismo.

Esta ha sido su vida desde que, postrado en cama por tuberculosis a los 22 años, empezó a leer con voracidad y cambió la tradición familiar por las palabras.

Estudié ingeniería sin vocación”, evoca. “La facultad de Filosofía y Letras en aquel tiempo era horrible. La mayoría de las alumnas eran monjas, nada estimulante. Al final, un poco también por tradición familiar, estudié ingeniería metalúrgica, pero en cuerpo presente y mente ausente”.

En octubre de 1967 presentó un proyecto editorial. Entonces pretendía llamarlo Crítica, pero el nombre ya estaba ocupado.

Estaba Franco y la gente era franquista. Anagrama, en la primera década, era muy radical, muy similar a la editorial Era. Pasamos esa década muy sobresaltados, con encontronazos con la censura, pero al mismo tiempo fue muy estimulante”, recuerda.

Siempre fiel a su colección, el editor desafió cada intento de censura y cada crisis económica, incluso vendiendo su parte de Bocaccio, bar y sede del movimiento gauche divine en el que Herralde y líderes de la comunidad intelectual barcelonesa eran inversionistas y clientes.

Jorge Herralde y Anagrama
Anagrama lanzó este año la colección Compactos 50, con la que celebra su aniversario.

Guardián de los libros

En su nueva compilación, Un día en la vida de un editor y otras informaciones fundamentales (2019), Jorge Herralde explica cómo, en sus inicios, la casa literaria albergaba textos y ensayos políticos y progresistas en la colección Cuadernos Anagrama, con autores como Noam Chomsky, Pierre Vilar y Wilhelm Reich.

Por entonces, el problema era la censura: a través de la “Consulta Voluntaria”, los editores enviaban los manuscritos al Ministerio de Información y Turismo para poner la publicación de obras a su consideración. La institución respondía con un listado de “pasajes a suprimir” o “deaconsejaba la publicación”, eufemismo para la prohibición.

A Herralde, entre 1968 y 1969, le “desaconsejaron” 39 títulos. El único contrapeso posible y empleado por él era una maniobra en la que se aventuraba a publicar un libro, presentarlo al Gobierno y esperar a que el tiempo límite de revisión le favoreciera o, en caso contrario, retiraran sus obras de las librerías.

En este contexto, en 1974 un grupo de ultraderechistas al margen del Gobierno fraguó un incendio en los almacenes de Distribuciones de Enlace, que reunía las obras de ocho editoriales, incluida Anagrama. Estos tiempos forjaron la personalidad de Herralde como editor y fueron determinantes para la construcción total del catálogo.

Le gusta mucho la gente contestataria, que está contra el establishment y tiene una visión crítica del mundo”, opina Guadalupe Nettel, ganadora del Herralde de Novela en 2014 por Después del invierno.“El hecho de haber vivido durante el franquismo y enfrentarse a tantísimas oposiciones le dejó esa vena un poco revolucionaria, anarquista, rebelde que toda la vida tuvo y que hace que sienta afinidad por ese tipo de personas”.

Luego vendría el desencanto de los lectores por temas políticos. En 1977, Anagrama publicó 61 novedades; en 1980, apenas 19. El revés de Herralde fue la colección Panorama de Narrativas, dedicada a la literatura contemporánea y bautizada como “la peste amarilla” por José Manuel Lara Hernández, editor y fundador de Planeta.

En esa colección que empezó en el año 81 con autores muy buenos y desconocidos, con anticipos bajísimos porque la editorial estaba en una situación económica catastrófica, tuvimos la suerte de publicar a Patricia Highsmith, quien estaba relegada en el gueto de colecciones de kiosko”, recuerda Jorge.

Los primeros tres tomos de la saga Tom Ripley, de Highsmith, más La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, dieron un respiro económico a la firma y pronto empezó una bonanza ininterrumpida que se traduce en 17 colecciones a la fecha, incluida Compactos 50, que celebra las cinco décadas de Anagrama, y en autores como Antonio Tabucchi, Ryszard Kapuscinski y Enrique Vila-Matas.

La figura de Jorge no solo es importante como editor, sino “con un catálogo único que por sí solo tiene una personalidad superespecífica. Anagrama nos ha ayudado a formarnos como lectores, y luego como editores, y para intentar encontrar tendencias literarias”, insiste Quijas, quien coeditó con Herralde El vértigo horizontal, de Juan Villoro.

Los fichajes de Anagrama

En 2005, el escritor chileno Alejandro Zambra tuvo el presentimiento de que enviar el manuscrito de su primera novela, Bonsái, a la calle Pedró de la Creu, sede de Anagrama, tenía sentido. Ahora su nombre es de los primeros que Herralde pronuncia al hablar de talento contemporáneo: “Para mí, como dijo un escritor: ‘El talento es lo más evidente del mundo’. Empiezas un libro y ya; en las dos primeras páginas ves si hay talento, un gran talento, y sigues confiando en que ese talento prosiga a lo largo del libro, lo cual a menudo no sucede”.

En la editorial reciben toneladas de manuscritos y aunque pueda sonar exagerado, aclara, lo es solo un poco. Aun frente a esa carga de trabajo, y cuando tiene sus propios lectores, Herralde suele curiosear entre los papeles que llegan.

Me impresionó que le importaba muchísimo su catálogo y que lo había construido solo con impresiones de lector”, dice Zambra, quien ya tiene seis obras publicadas por Anagrama, además de los compilados. “Publicar una novela cortita de un desconocido como yo no parecía ser negocio. Me sentí muy afortunado de encontrar a un lector que fuera más allá de las circunstancias del mercado y que creyera en el talento y la búsqueda”.

Pocos lo logran, pero como sucedió con el chileno, el fundador de Anagrama suele casarse con sus autores. “Herralde es uno de estos pocos editores independientes que están dispuestos a publicar, aun sabiendo que un libro no va a vender, por la satisfacción de tener a un autor en el que él cree”, dice Guadalupe Nettel.

La mexicana es otro ejemplo al tener casi toda su obra publicada con Jorge. “Le llevé el manuscrito de El huésped con muchísimo miedo y él me dijo que confiaba más en los autores que llevan su novela con inseguridad que en aquellos que están muy seguros de sí mismos. Sé que la dio a un dictamen, pero además la leyó él mismo. El dictamen fue apenas positivo, me lo enseñó, pero a él sí le gustó. Entonces dijo: ‘Yo sí te veo con casaca anagramiana’”, recuerda la autora del libro que ninguna editorial quiso en México, pero que fue publicado en Europa y nominado al Herralde en 2005.

Juan Villoro se estableció durante unos meses en la Barcelona de 2001. Como regalo de bienvenida, recuerda, Herralde le publicó el libro de ensayos Efectos personales, y para 2004 ganó el premio de novela de la editorial y el fichaje de la selección anagramiana.

A casi 20 años de nuestro primer encuentro le di un texto inédito a Herralde, aun así fue como si debutara en el Barça. La literatura concede esas compensaciones temporales. A cualquier edad puedes debutar. ¿Quién se quejaría de compartir alineación con Roberto Bolaño, Ian McEwan, Claudio Magris, Enrique Vila-Matas, Vladimir Nabokov, Soledad Puértolas, John Kennedy Toole y tantos otros?”, cuestiona Villoro.

De eso va la vida de Jorge Herralde: impulsar la cultura, hablar de libros, indagar en sus autores, dejar un legado. “Algo muy importante de la obra de un editor es la construcción de un catálogo que sea a la vez coherente, riguroso, pero también versátil, muy atento al aire del tiempo, que no a las modas, que es muy distinto. Hay que intentar crear modas y no seguirlas”, explica el español de 83 años.

A Herralde se le pregunta por la eternidad de Anagrama, de su permanencia a través de la obra de la editorial, pero responde con humildad. “Ni siquiera los editores somos eternos… En estos momentos, hacer profecías es dificilísimo. Auguro que en los próximos 10 años, Anagrama seguirá con tan buena salud como ahora y confío que en el futuro así continúe”, dice a su tiempo, tranquilo.

Para Nettel, al menos será inolvidable: “No todos los escritores tienen vida póstuma, ni larga ni corta, y es mucho más difícil que un editor sobreviva. Pero algunos no se olvidan nunca, como Gaston Gallimard, y creo que Jorge Herralde pertenece a este grupo muy selecto de editores que no se van a olvidar con facilidad”.

A Herralde se le insiste en la eternidad del editor a través de los autores que publica y a los que da a conocer. Pero él la redirecciona. “No, en realidad los que son eternos son los autores. Los editores, finalmente, somos personajes secundarios que pueden ser muy valiosos. Pero para mí está muy claro que los protagonistas son los escritores”, dice quien durante 50 años ha escrito la historia de Anagrama.

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