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El juego en conjunto y el Mundial, explicado por Jorge Valdano

"En el Mundial, siempre el victimismo como punto de partida, acaso el mejor remedio contra los males de la ansiedad", afirma el exfutbolista.
Argentina, en México 1986.
Argentina, en México 1986. "Resolvimos desconfianzas que afectaban la convivencia". (Foto: Getty Images.)

El futbol , durante tres semanas, será sometido, en eso que llamamos ‘el Mundial ’, a una revisión para examinar su estado de salud. Un repaso a su historia, pasando por sus escalas evolutivas; desde la primera lucha caótica hasta el espectáculo civilizado (bueno, casi) de estos días. Y un recuerdo a los grandes jugadores que termina por dejar la sensación de que nada malo ocurrirá mientras exista la memoria. Pero lo importante, más allá de lo anecdótico (y lo que después será la anécdota), serán los equipos. Y un equipo, en pocas palabras, se hace andando.

La Selección Argentina campeona del mundo en México 1986 le sirve como testigo a tal idea. Aquella selección llegó al Mundial con unos resultados previos pésimos, agredida por la opinión pública y con tantas dudas sobre nuestras posibilidades que ninguno estaba seguro de poder ganarle a Corea en el debut.

Un mes después jugamos la final contra Alemania sabiendo que íbamos a ganar. ¿Podíamos perder? Claro, pero ni se nos hubiera ocurrido pensarlo. Resolvimos desconfianzas que afectaban la convivencia, nos fuimos armando en lo futbolístico y afinando en lo anímico hasta creernos indestructibles. Aunque es cierto que para nosotros jugaba Maradona

Maradona
Argentina vs Alemania, México 1986

Hay ejemplos menos ventajistas. En España 82, la Selección Italiana vivió una transformación aún más espectacular: penosa fase previa y gloriosa fase final que los hizo campeones del mundo. Desde la modestia y contra pronóstico, campeones. En el Mundial, siempre el victimismo como punto de partida, acaso el mejor remedio contra los males de la ansiedad.

Como el futbol es un juego de hábitos, el tiempo es un factor importante. Un club es una familia en la que se disfruta y se padece la cotidianidad, pero después de varios hervores (siempre que no se cambie al cocinero; esto es, al entrenador ) se alcanza el espesor justo. Los compañeros se van descifrando, surgen complicidades espontáneas o forzadas, las alegrías y la tristeza se encargan de formar el carácter, y así el equipo va encontrando su equilibrio y su fortaleza. El día a día crea un compromiso inevitable con la camiseta, el compañero y la afición. Un trofeo conquistado es el resultado de una búsqueda colectiva, de una historia larga llena de matices apasionantes y también aburridos.

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En la Selección todo es grande y rápido. Grandes los jugadores, el prestigio que se pone en juego, el valor sentimental de los colores y el objetivo. Rápida la duración de los campeonatos (si son eliminatorias, se trata de cortos encuentros esporádicos), la asimilación de la táctica y el aceitado de las relaciones personales (suele haber pleitos, desconfianzas o envidias por resolver) en grupos con altos porcentajes de vedetismo. En el mejor de los casos hay un país entero detrás de su Selección , pero mientras se está en el campo de batalla eso es una gran abstracción.

Argentina, Campeón Mundial 1986
"En el mejor de los casos hay un país entero detrás de su Selección".

En los grandes acontecimientos (Copa del Mundo, Eurocopa, Copa América…) sólo un equipo, el anfitrión, juega bajo la bendita o perversa presión de su público. A mí me tocó ser campeón del mundo en la otra punta de la desmesurada Sudamérica, entre una mayoría de neutrales que me dejaron para siempre una sensación de irrealidad. Incluso en la gran final tuve que hacer un esfuerzo mental para tomar conciencia de que ese partido era excepcional. El ambiente era indefinido, de una pasión cambiante, y yo me recuerdo haciendo fuerzas para no olvidar que lo que estaba en juego era una alegría definitiva.

Por la evolución táctica del futbol , cada año parece requerir más tiempo el armado de un equipo. Antes de llegar a la Eurocopa, Sacchi masacró a sus elegidos en dobles sesiones que sirven para memorizar la crucial táctica. Eso resulta más fácil hacerlo en un club. ¿Por qué el Milan de Sacchi no es comparable a su Selección? Porque aquella era una máquina infernal que te atacaba hasta cuando se defendía y, fundamentalmente, porque tenía a Gullit, Van Basten y Rijkaard. La Selección no tiene el mismo nivel funcional y, además, no tiene a Sigmori, Vialli y Baggio.

Sirvan pues dos moralejas: un equipo sí se hace andando y sí, con el entrenador, no alcanza.

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